lunes, 13 de enero de 2020

El Miradouro do Salto da Farinha, un paseo por Ribeira dos Caldeirões, comida y aguas termales en Furnas, Azores, septiembre de 2019.

Al día siguiente, el tiempo había mejorado muchísimo, así que decidimos descubrir otra bella cascada, la del Miradouro do Salto da Farinha; con un sendero menos agreste que el del día anterior, pero igual de encantador.

Bea se hizo amiga de un felino y empezamos la leve bajada hasta el sendero que nos llevó hasta el famoso salto de agua.








Pero el salto se había fugado y nos quedemos un poco decepcionados.


Pero a mi niña guerrera no se la derrota tan facilmente y en un plis plas nos llevó hasta Ribeira dos Caldeirões donde el salto salteaba de vida. 





Pero como los saltos eran dos, nos fuimos a pinrel hasta la otra cascada que nos esperaba bella y fresca como ella misma.










Volvimos con ganas de más aventuras y con el entusiasmo que nos corresponde.





Seguimos otro sendero, este último mucho más agreste, que debía desembocar al océano, según se suponía.








Cabe decir que la belleza de los bosque de las Azores es pura alegría, y nos adentramos muy lejos hasta que la patita de mi niña caminadora volvió a fallar.













Tuvimos que dar marcha atrás, además era muy tarde, habíamos previsto comer en Furnas y el tiempo se nos escapaba de entre las manos.




Y así fue, comimos el famoso cocido del volcán, en Tony’s Restaurant, conocido hasta los confines del océano. Pero antes, picamos lapas mientras monsieur le Txema nos retrataba en el mantel de papel de la mesa.








Es rebosando de alegría que nos fuimos hasta la Poça da dona Beija cruzando el bonito pueblo de Fuuuuuuuuuuurnas












Nos hundimos en las famosas pozas caliente, disfrutando de las aguas como verdaderos pescados fritos. Sólo faltaban las patatas para hacer parte del plato combinado del día.




No os voy a mentir, nos lo pasamos bomba. Además, desde que mi niña se había vuelto sirenita en las piscina de la Ferme d’Erromardie, lo del agua parecía haberse vuelto su elemento natural.



Nos fuimos casi de noche, cruzando el pueblo a oscuras, siguiendo nuestro camino gracias a las campanadas de la iglesia cerca de la cual estaba aparcado nuestro coche.




Después, no sé porque, decidimos irnos hasta las famosas Caldeiras da Fuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuurnas. Obviamente, no pudimos ver absolutamente nada, además el GPS se había vuelto loco de atar y dimos vueltas y vueltas como pollos sin cabezas.





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