Sabíamos que algún día tenía que llover, así que no nos sorprendimos levantarnos con el dulce murmullo de la lluvia despertándonos poco a poco.
¿Qué hacer en estos casos? Pues seguir descansando, leer… y preparar una buena comida.
El temporal ya se había terminado antes de la hora de la comida, así que pudimos comer en nuestra pequeña terraza. Y la verdad es que, como cada día, no nos faltó de nada.
Para acabar como era debido, probamos nuestro licor de mandrágora y turrón de Piment d’Espelette, descubrimientos de nuestras aventuras anteriores.
Después de tal ágape, mi sirenita estaba preparada para bucear.
Al final de la tarde, nos fuimos hasta Saint-Jean por el Sentier du litoral con la esperanza de disfrutar de una bellísima puesta de sol.
Mientras el astro solar se estaba despidiendo, disfrutamos de la belleza creada con sutiliza por sus calurosos rayos.
Cuando llegamos a la bahía, el sol estaba a punto de despedirse definitivamente.
Un fotógrafo, autóctono y muy simpático, se ofreció en ayudarnos a tener un buen recuerdo de aquella pequeña escapada, dulce paseo de un día tranquilo y apacible.
Volvimos a oscuras por nuestro sendero preferido, acabando nuestro periplo con una frugal cena en la playa de Erromardie, donde el silencio luchaba continuamente contra la llegada infinita de las olas de la noche.


























No hay comentarios:
Publicar un comentario