Salimos de la Grotta di Leo más petados que unas empanadillas rebozadas, de las ricas bien ricas. Este restaurante popular es mucho más que recomendable, volveremos seguro.
En fin, para resumir, el Uffizi y la comida nos habían despojado de nuestras últimas fuerzas, pero al pasar delante de la inmensa plaza de la Basilica de Santa Maria Novella, la curiosidad nos pico no sé muy bien donde y entramos para fisgonear, intentando evitar quedar mordidos por las fieras que custodiaban el templo, cuyos frescos de su capilla nos dejó con la boca abierta de conmoción. De hecho, se me quedó una cara un poco rara desde entonces.
Pero la aventura no acababa allí ya que la basilica corresponde con el convento constituido por impresionantes claustros que nos dejaron impresionados. Pero hay que patear.
Rodeado por altas columnas de arco, el templo conserva una gran cantidad de frescos, sobrevivientes del tiempo y de su abrumadora intemporalidad.
Allí, el silencio es atronador y rápidamente uno se cree viajando en el tiempo hacia otra época, conversando y observando las paredes animadas de dignificadas escenas del pasado.
Al final mi niña flor se quedó exhausta y no quizo dar un paso más.


























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