Aún pensábamos que nos quedaban unas cuantas rutas por descubrir antes de volver a Valencia, pero este periplo fue nuestra ultima ruta del verano… y nos pasó de todo.
Llegamos bastante pronto a Leitza, un pequeño pueblo escondido en medio de imponentes montes rodeados por una espesa niebla matinal. La ruta empieza justo al salir del pueblo por un sendero bastante concurrido que sigue un profundo riachuelo recóndito en medio de un bosque muy frondoso todo regido por una humedad más que penetrante.
Nos desviamos para penetrar aún más en las profundidades del valle para después emprender una buena subida que nos llevó hasta el fantástico Museo de Piedra de Peruharri.
El señor Chuxo intentó emprender un vuelo, pero se le bloqueó el dron y el móvil a la vez. ¡Vaya mala pata! Como no había manera de salir del paso y de arreglarlo, es mi niña flor que se encargó de esta parte del reportaje, inmortalizando aquellas fantásticas piedras esculpidas con fuerza y pasión.
No cabe duda que este museo es de lo más peculiar que hemos visto nunca, rodeado por altos montes y bosque tapizado hasta el horizonte. Acabamos nuestra visita a los pies del gigante de piedra que nos dejo el paso libre hasta el más allá de los montes Navarros.
La ruta nos llevó por un bosque de árboles tan altos que el cielo parecía haberse teñido de verde. Durante una pausa, mi niña consiguió reparar las averías electrónicas gracias a una sabiduría que aún dejan pasmado al bueno del chuxo.
Mi bella de los montes decidió acortar la ruta y nos adentramos en medio del gran bosque siguiendo la brisa. Es que mi niña caminadora habla y lee los mensajes del viento. Esta parte del camino fue realmente fantástica y cruzamos el verdadero territorio de los animales salvajes.
Lo cierto es que más caminábamos, más el bosque se volvía imponente, con las cimas perdiéndose en lo más alto de la bóveda del reino de las aves invisibles.
Pero todo tiene un final y seguimos a buen paso nuestro periplo por inmensos bosques de helechos donde, por desgracia, acabamos por topamos con una colonia de víboras que trastabillaron nuestro avance además de nuestro implacable templanza. Menos mal que estaba el señor Chuxo abriendo camino, espantando a muchas serpientes en medio de su siesta. Menos mal que estos reptiles de sangre fría no le tuvieron rencor alguno.
Al final salimos ilesos de aquella aventura y seguimos un camino forestal mucho más apacible que nos llevó hasta la preciosa Vía Verde del Plazaola. Por desgracia, es a partir de entonces que mi niña trepadora empezó a tener un dolor en una de sus patitas cada vez más agudo. Pero como es una niña valiente además de muy guapa, seguimos caminando más lento aunque con paso seguro.
Cruzamos muchos túneles y prados, con vistas imperdibles sobre el gran valle que se abría camino hasta más allá de lo que podían llegar nuestros pasos.
Fue una ruta que nos costó bastante energía y algunos sustos, pero al final de muchos esfuerzos, conseguimos llegar muy tarde al pequeño pueblo de Leitza y de su austera iglesia de piedra oscura.
Tuvimos la gran suerte de acabar nuestro periplo comiendo en el Hostal Musuzar. Cabe decir que se portaron muy bien con nosotros y fue un gran momento para despedirnos de aquellas tierras que tanto amamos. El camarero escucho con gran sorpresa nuestra aventura con las serpientes y entablamos una larga charla con un anciano y su hijo que habían venido a acabar el día tomando unas buenas cervezas.
Al salir, había una pequeña tienda de aspecto muy humilde que vendían preciosos eguzkilorres de papel y pelotas vascas hechas a mano, unos preciados regalos que ahora guardan y protegen nuestro bello Nido Alto.

















































































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