Esperamos hasta nuestro último día de vacaciones para acabar a lo grande en el Itzaspe, nuestro restaurante predilecto de Hondarribia donde solemos rendir homenaje al tiempo que pasa, al amor compartido, pero también a estas tierras del Norte que siempre nos han ofrecido lo mejor. Como siempre, nos habíamos preparado en cuerpo y alma para disfrutar de una larga jornada cómodamente sentados delante de una mesa, un lugar privilegiado entre océano y montes.
¿El menú? Sencillo, suculento, humildemente y verdaderamente delicioso, con una botella de Txacoli para abrir el apetito y algo de Pacharan para cerrar una larga comilona que disfrutamos charlando de la vida, de las numerosas caminatas que habíamos realizado y de las muchas otras que nos quedan por hacer.
Como siempre, el paseo digestivo es obligatorio, y aunque conocemos aquella parte de la ciudad mejor que nuestros bolsillos, esta vez decidimos parar para comprar utensilios de cocina en la famosa ferretería de la Señora Rosario, una tienda repleta de antiquísimas herramientas totalmente en desuso pero con una carga emocional muy fuerte.
De vuelta al nido, saludamos una última vez la playa de Erromardie, dejando nuestra imaginación volar hasta el final del horizonte. Bella es nuestra historia, dulce nuestro amor.



















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