El plan del día era muy simple, visitar la pequeña aldea de Amaiur y emprender una larga ruta circular por los montes circundantes.
Pero cambiamos la idea inicial y nos quedamos tranquilos, disfrutando plenamente de este maravilloso pueblo Navarro.
La entrada es preciosa, con su cruz que predomina el cielo y la puerta santificada que da la entrada al pueblo.
Como era muy temprano, no había ni alma viva en las calles y pudimos dar una buena vuelta bajo el sutil zumbido de las abejas montesas.
Hay que tener cuidado porque el lavadero del pueblo esta custodiado por dos vacas muy curiosas y es mejor dejarles algo de propina, lo digo por si las moscas.
El pueblo es muy chiquitín, pero cada casa tiene su historia y la visita vale con creces la pena.
Fuimos a visitar las ruinas del castillo, y aunque fue arrasado por completo y no queda casi nada en pie, saber un poco de historia nunca ha sido perjudicial para el alma.
Al salir del pueblo, nos despedimos de la Virgen y seguimos caminando hasta la iglesia con sus tumbas encastradas en la entrada y las vacas paciendo por los alrededores.
Para acabar con la mañana, nuestras sombras se enlazaron con un dulce beso campestre, dando un punto final a la vista y a la mañana.




























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