Llegamos muy pronto en Beartzum, una aldea totalmente perdida en medio de los montes. Cruzamos el silencioso pueblo hasta toparnos con un lugareño, un humilde campesino de estas tierras olvidadas, muy afable y hablador, con una filosofía heredada de la simplicidad de aquellos parajes, donde la verdad siempre se queda como lo que es.
Después entramos caminando a buen paso directamente en el gran bosque, dejando atrás los pastos y las tierras de cultivo, siguiendo un amplio camino bordeado por unos cuantos grande árboles silvestres.
Saludamos a todos los animales del bosque y seguimos nuestro camino, siempre subiendo. Una vez llegados a una cierta altura salimos del bosque y hicimos una breve parada para disfrutar del silencioso baile de las nubes.
Una vez pasado el Collado de Eiartza, nos encontramos entre dos mundo, una zona de paz solamente poblada por una fuerte brisa que nos llenó de energía.
Pasamos el gran Dolmen blanco, una roca solitaria que espera a los caminantes con la alegría que le corresponde. Evidentemente, mi niña de las praderas fue a saludar el más prestigioso de los anfitriones de estos parajes bajo la mirada curiosa de unas cuantas ovejas sorprendidas.
Después, el camino sigue subiendo sin piedad hasta el collado de Argibel, una preciosa formación rocosa que predomina todo el paisaje. Después de un leve descanso, de unas cuantas fotos que pasarán a la posteridad además de unos cuantos mimos de cariño, seguimos nuestra peregrinación con las fuerzas renovadas.
El camino sigue por la famosa cresta de la Peña Alba, unas amplias tierras de pasto totalmente cubierta por millones de caquitas de ovejas, un hecho que nos dejo bastante pasmados. ¿Es posible que haya más caquitas en el Alba que estrellas en el cielo?
La subida fue ardua ya que el viento no nos dejo en paz, ganándonos con creces el derecho de llegar hasta la cresta que nos ofreció una impresionante panorámica: el regalo del caminante perseverante.
La cima del Peña Alba es totalmente rocosa, así que hay que tener mucho cuidado a la hora de trepar, evitando las trampas y agujeros cincelados por el tiempo. Pero una vez arriba las vistas son realmente espectaculares. Estábamos a 1074 metros de altura y gran cantidad de los montes de Navarra se alzaron ante nuestros ojos, desde el cercano monte Auza, al monte Adi y Larun sin olvidarnos de las Peñas de Aia.
Mi niña mariposa alzó la vista hasta las profundidades del horizonte, dejando un rastro de su belleza entre las mariposas. Después emprendimos la bajada que fue más complicada ya que la maleza había borrado cualquier indice del sendero. Nos costó un poco, menos mal que tenemos a un chuxo rastreador que nos llevó por el camino correcto.
Enseguida bajamos hasta el gran bosque mágico, que nos recibió con su entusiasmo musgoso y eternamente primaveral, dejándonos entrever parte de sus secretos más preciados.
Llegamos rápidamente hasta un sendero forestal que bajaba paulatinamente, dando un buen rodeo al Peña Alba que seguía saludándonos desde las alturas.
Mi niña trepadora fue la primera en cruzar el umbral de la civilización, seguida de cerca por el Chuxo de sus sueños que soñaba por dejar sus patitas en un baño de agua fresca, lo que hizo, acompañado por su bella princesa de los montes al llegar hasta unos de los pequeños riachuelos que invaden gran parte de los caminos del pueblo. No nos fuimos a pescar porque estábamos exhaustos, pero volvimos felices como perdices y cansados como marmotas.














































































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