Ubicada en un antiguo monasterio gótico, la Hospedería Santa Fe nos reservó unos días de paz y de tranquilidad en medio de un entorno rural excepcional.
Es importante tener un buen nido después de unas cuantas horas de alto vuelo, bien lo saben las golondrinas y chuxines viajeros.
Pero lo cierto es que habíamos venido para disfrutar de los grandes bosques de la Selva de Irati, resplandecientes en esta época tan especial del año. Nuestra primera excursión fue la de la ruta del Cerrillar, una tranquila caminata que nos dejo con las retinas impregnadas de vivas sensaciones otoñales.
Bello, el gran bosque silencioso nos invitó a cruzar su corazón ofreciéndonos sus más bellos colores.
Lejos, los montes se despertaban mientras recuerdos de nieve esparcidos se deslizaban con las sombras de sus recuerdos.
Mi bella se mimetizaba con la belleza de aquellos tiernos parajes, añadiendo su tono personal a la impresionante gama cromática que arropaba esta parte del mundo.
Una suave brisa nos despidió del gran bosque que, durante unas horas, nos había dejado entrever sus más íntimos secretos, dejando unas caricias en nuestras almas contemplativas.
De vuelta, nos paramos en Izaba, un maravilloso pueblo florido escondido en medio de un pequeño valle.
Sus tímidas calles nos llevaron poco a poco hasta la Casa de Lola, un hostal rural donde comimos especialidades de la región que no dejaron indiferente al bueno del Señor Chuxo.
Después del sustento, nos dejamos llevar por una buena caminata digestiva por Roncal, otro bellísimo pueblo donde mi niña flor perseguía la brisa de puerta en puerta.
Subimos hasta la iglesia que dominaba todo el pueblo de su resplandor gótico, alto santuario de paz y tranquilidad ancestral.
Seguí los pasos de mi bella que me llevó hasta la casa de Monsieur Cheval, honorable notario de los montes cuyos logros aún se cuentan durante las frías noches de invierno alrededor de la cálida tranquilidad de la chimenea.
Para acabar con nuestro primer día de excursión, nos paramos en Burgui, donde mi niña se hizo amiga del leñador del pueblo mientras el señor Chuxo se topó de bruces con uno de sus buenos amigos de cuatro patas.
Uno no se puede perder el paseo de los jubilados y el imponente puente de Burgui, ambos espectaculares y muy transitados como lo demuestran aquellas últimas fotos.
Nos despedimos del día al mismo tiempo que el astro solar que, a lo lejos, nos regaló unos de sus últimos rayos que iluminaban las lejanía incógnitas.
Seguimos caminando sin rumbo, perdiéndonos en medio del silencio, rozando tenues resplandores que nos invitaron a despedirnos con esmera delicadeza.
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