Al día siguiente, nos esperaba la joya de nuestro peregrinaje, la Alhambra de Granada. Había que estar en la entrada antes de las 9.30, con mi Chuxina como guía del amanecer y un frescor matutino digno del polo norte.
Empezamos la visita por los jardines del Generalife y sus espectaculares vistas hacia la ciudad y Sierra Nevada.
Una vez franqueado el laberinto vegetal, fiel guardián de las murallas, entramos por el patio de la Acequia, vertiginoso paseo medio acuático donde el tiempo se paralizó justo el tiempo de un suspiro.
Mi niña mariposa me llevó por los pasadizos del Generalife, pasando por el patio de la Sultana, la escalera de Agua y el mirador Romántico.
Salimos para cruzar el Partal, empezando por la puerta de Siete Suelos hasta llegar al Palacio de Carlos V donde mi niña emprendió el vuelo, dando vueltas y vueltas hasta acabar por perder el equilibrio y la paciencia del Chuxín.
Por fin, penetramos en los Palacios de Nazaríes, joya de las joyas hasta los finales de los tiempos, iniciando la visita por la Fachada y la Torre de Comares, reino del silencio y de las flores esculpidas.
El Chuxín se quedo parado observando la infinita y exacta repetición de los motivos arabes, eterno baile de la pura inmovilidad.
Cruzamos el maravilloso patio de Arraganes y sus verdes aguas, verdadero reflejo de una realidad invertida, multiplicando la perspectiva humana con un simple espejo de agua.
Pasamos delante de la puerta del olvido hasta llegar al famoso patio de lo Leones, fieles guardianes de los palacios y del recuerdo de las antiguas almas que aún perduran entre sus pasillos y jardines.
Los saludamos humildemente con todo el respeto que se merecían y seguimos con nuestra visita, maravillados por la majestuosidad de los cielos estrellados de la infinita sabiduría.
Subimos a la sala de las Dos hermanas y el patio de Lindaraja, con mi niña jugando con una fuente de los mil suspiros, iluminando las mariposas que revoloteaban por la belleza de su luminosa sonrisa.
La visita de los palacios acaba por el último, el del Partal, donde cielo y tierra se unen en una perfecta simbiosis eterna.
Subimos hasta la Alcazaba hechos polvo por tantas horas de pateo, disfrutando de la inmensidad de las panorámicas hacia el infinito. Más allá, las nieves eternas matizaban el aire de pura belleza.
Salimos por los parques circundantes hasta llegar a la puerta de las Granadas que daba directamente hacia el barrio de Albaicín y sus inextricables callejuelas.
Después de tapear en el Ras, nuestra taberna preferida, seguimos por el paseo de los Tristes, que por suerte no estaban porque había mucha felicidad y alegría.
Mi niña flor me regalo uno de sus mágicos besos y seguimos, visitando la Casa Horno de oro, la calle del beso; el Bañuelo, antiguo baños estrellados donde mi mariposa jugo al escondite conmigo y me enseño tesoros pocos comunes por aquellos parajes.
Para acabar, quedamos en el Palacio Dar al-Horra donde descansamos un ratito para después cruzar media ciudad hasta la catedral y refugiarnos en una tetería arabe escondida en un rincón olvidado.
Al volver al hotel, mi niña de los mil sustos perdió su monedero, pero después de una asombrosa aventura, conseguimos recuperarlo y dar nuestra última vuelta nocturna.
Al día siguiente, nos despedimos de la ciudad paseando por el mercado arabe de artesanía dónde compramos regalos y recuerdos inolvidables. De echo, dejamos parte de nuestro corazón con la promesa de volver a recuperarlo algún día.






































































































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