Llegamos a Granada después de un largo viaje en coche, cruzando una de las partes más áridas de España. Pero el esfuerzo valió la pena, y con creces.
Después de haber dejado el hotel Real de la Alhambra situado en las alturas de las sierras, nos bajamos en autobus hasta el centro de la ciudad histórica, callejeando hasta llegar al Bar de los Diamantes, famoso por sus tapas marítimas y con sabor a oleaje. Acto seguido, seguimos nuestro periplo por el barrio del Albaicín, acabando nuestro recorrido en las calles de la teterías donde disfrutamos de un buen té, de unos cuantos pasteles arabes y probando una buena sisha, como no.
Al volver de nuevo a la tierra, seguimos nuestro recorrido por el barrio de los barrios perdiéndonos en su sinuoso laberinto de estrechas calles silenciosas, buscando el mirador de San Nicolas, petado por hordas de turistas, con músicos callejeros de segunda mano, chinitas fumando porros de los buenos y perros rascándose su irsuto pellejo, pero todos con ritmo y entusiasmo.
Escapamos del bullicio subiendo hasta… ninguna parte. Pero como la población de las alturas suele escasear, terminamos por llegar cerca de la ermita de San Miguel alto, casi solos y donde las vistas eran ensordecedoras, con las ruinas de la antigua iglesia de San Luis saludando un atardecer que iba a acabar con un día de silenciosas pisadas.
Bajamos con la noche en los talones hasta el Barrio del Sacromonte, donde tomamos una caña y una sorprendente tapa en el restaurante de la Rocío, antro de los antros, refugio de los últimos efluvios del más sabroso flamenco.
Después… la luna se fue y el sueño lo dejó todo en el olvido.




















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