martes, 9 de octubre de 2018

Quinta da Regaleira, Sintra, Portugal, agosto de 2018.

Después de los Capuchos, nos fuimos hasta los jardines de la Quinta da Regaleira, en Sintra. Lo primero que hay que saber, es que aparcar puede resultar muy complicado, paciencia, ingenio y suerte son los principales requisitos para conseguir franquear las puertas de aquel paraíso.

Lo primero que impacta una vez en el interior del recinto es la compleja red de senderos que se pierden en medio de unos bosques y jardines sabiamente orquestados para crear una magistral sinfonía, una increíble fusión entre la naturaleza y los palacios secretamente escondidos.



Los jardines no parecen tener fin. Vuelves donde no pensabas llegar y llegas donde menos te lo esperabas.





El palacio es abrumador por la complejidad de sus elementos arquitectónicos barrocos, donde la piedra imita en un sin fin de espejismo a una naturaleza exuberante.















Después, lo mejor es perderse en el parque, descubrir sus grutas, sus laberintos, flechas, lagos, zigurats, pozos, logias y ninfas.











Lo que no hay que perderse es el famoso Pozo de Iniciación, que mi niña mariposa subió y bajó en un incesante vaivén de aleteos mágicos.




Las grutas no tienen desperdicio. Te llevan a sitios inesperados, creando contrastes entre la luz del sol y las sombras de las profundidades de la tierra.





Mi bella cruzó puentes, lagos, custodiada por fieles mástiles que le obedecían al pie de la letra, igual que su Chuxín parlanchín, fotógrafo y ladrador ya que, después de tantas aventuras, el hambre apremiaba los estómagos vacíos.








Es mi niña flor, como siempre, que encontró el mejor y más escondido restaurante de Sintra, una joya entre las joyas. Se rezó a las gamba antes de zampárnoslas con placer, deleite y algo de compasión marítima.




Al final del día, volvimos a Azenhas do Mar para disfrutar de una puesta del sol y despedirnos de un duro día, disfrutando del horizonte y de su infinita sabiduría.






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