Para recuperarnos de los intensos días anteriores, decidimos irnos hasta Mafra para visitar tranquilamente el Palacio Nacional de dicha ciudad, un museo bastante común pero con unos frescos y trampantojos realmente muy bien conseguidos, sin olvidarnos del peculiar salón de caza de un estilo naturalista al limite del mejor surrealismo.
La parte más impresionante del palacio es sin duda su impresionante biblioteca. Es una pena que sólo se la pueda ver desde su entrada principal. No obstante, los miles de libros durmiendo en sus infinitas estanterías son un tesoro incalculable para la memoria y la imaginación.
Después, nos fuimos a comer en Ericeira, un antiguo pueblo de pescadores donde nos pusimos como gambas mientras una espesa niebla se apoderaba en silencio de toda la costa portuguesa, bajo la mirada perpleja de las gaviotas que esperaban desesperadamente la salida del sol.
Para acabar a lo grande y despedirnos de la costa portuguesa y de nuestras vacaciones, volvimos una última vez a Azenhas do Mar para empaparnos de sus impresionantes vistas hasta el infinito, disfrutando del océano, del amor y del suave rumor de una trompeta de mar.


























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