Revoloteando entre escaparates multicolores.
Decidimos volver a Bordeaux para intentar descubrir nuevos rincones que se nos habían escapado, bien decididos en aprovecharnos de cada recoveco de está bella capital provincial.
Apenas llegar, nos sumergimos en medio del "Marché aux puces" que, por culpa de obras en la plaza "Saint-Michel", había sido trasladado a la orilla de la "Garonne" donde se extendía como una cola multicolor hacia una lejanía indefinida.
Nuestros pasos nos llevaron rápidamente delante de la catedral en obras donde mi bella fotógrafa hizo unas panorámicas surrealistas. Después de tanto pateo, fuimos a comer un excelente "Couscous" en un restaurante árabe situado en la misma plaza, cerca del antiguo piso donde, hace siglos, vivían mis abuelos.
Para seguir nuestra visita con más tranquilidad, decidimos irnos hacia la Explanada de agua donde mi niña flor, dulcinea de las orillas, se transformó en diosa del mar. Al ver a tan bella sirenita, unos cuantos adeptos de las olas se postraron delante tan milagrosa aparición.
Después, fuimos a disfrutar de la efervescencia de la calle "Sainte Catherine", siempre abarrotada de transeúntes ajetreados, tomándonos unas cervezas en la terraza de un bellísimo bar de estilo 1900. Es allí que mi tía entabló conversación con un pony de lo más salvaje, fiera de las noches de verano y conocido de mi bella dulcinea.
Antes de volver hacia la Garonne y cruzar sus turbias aguas, mi niña no pudo resistir a la tentación de animar a unos saltimbanquis hispanos, bohemios de la vida y de paso por la capital del buen vino.
Es llegada la noche y de vuelta a casa que decidimos disfrutar de unas copas en una oscura taberna de piratas situada justo al lado de la casa de la tía Christine, en el mismísimo centro de Libourne donde el resplandor nocturno desveló nuevos encantos de mi amada de las mil flores.
Al día siguiente, conseguimos levantarnos pronto para aprovecharnos de nuestro último día de vacaciones en Libourne. El mercado del domingo es, sin duda alguna, el más grande de la semana. Allí, bajo la supervisión de la tía, mosquetero de los escaparates, llenamos nuestras cestas de finos víveres y sutiles placeres.
Nos quedamos hasta muy tarde, haciendo durar el tiempo al máximo e inmortalizando cada momento con instantáneos mágicos.
Por la tarde, nos fuimos a pasear todos juntos por la orilla del gran lago de Libourne donde hicimos una sesión de gimnasia al aire libre en compañía de una vaca deportista, un animal culturista de lo más majo. Fue un día muy dulce y tranquilo, ideal para despedirnos de una fantástica semana de vacaciones en familia.
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