El día había empezado luminoso, la excusa perfecta para desayunar con encanto en el balcón de la tía Christine, con croissants y mermelada para los más golosos.
Al llegar en casa de Jakipi, el cielo ya se había parcialmente cubierto, irradiando con un tenue resplandor metálico los techos de Bordeaux. No obstante, pudimos disfrutar de un sutil aperitivo en la mesa del jardín, gozando de la tranquilidad florida del lugar. Mientras tanto, en cocina, las bellas de la casa daban el toque final de lo que iba a ser la obra maestra del día.
Una vez sentados a la mesa, fue muy difícil escapar de los encantos de tan suculento banquete. Entre brindis y risas conseguimos llegar hasta el postre, preludio de una diplomática copa de licor, néctar que suele inspirar con un toque de sabiduría a los más exquisitos paladares.
Después, no hubo siesta sino un largo paseo por el antiguo puerto de la ciudad bajo un turbulento cielo de verano.
De vuelta a la casita del jardín, mi niña flor empezó a bailar como una mariposa, rápidamente acompañada por la feliz tropa al completo. Bailamos hasta que las flores decidieron acostarse, perdiéndose el reflejo de las estrellas en las copas medio vacías, fieles guardianes de una velada muy divertida.
A la mañana siguiente, el cielo seguía pesado, lo ideal para dar una vuelta por el mercado de Libourne, uno de los más famosos de toda la comarca. Entre la efervescencia de los compradores, los vivos colores de las frutas y verduras y los sutiles aromas de los escaparates, terminamos nuestro recorrido delante de un tenderete atestado de "Cêpes de Bordeaux", un manjar de reinas, príncipes y dulcineas.
Dimos una vuelta más por pura delicia. Mi bella de los bosques mágicos se quedó comprando unos cuantos salchichones del lugar que hicieron las delicias de nuestras numerosas picadas valencianas.
De nuevo en casa, empezamos con las cosas serias. Hoy, la tía Christine nos iba a enseñar como convertir en arte las olorosas setas que acabábamos de comprar. Observad y aprended, que aquí, a parte de hechizos, hay mucho saber de las abuelas, de las de antes, cuando todo era diferente.
Es cuando las setas empiezan a bailar en la sartén que hay que sacar el vino de su escondite y probar los sabores de la mesa. Mientras brindamos a nuestra salud, fuera, el cielo seguía sombrío, aunque muy bello.
Después del siestorón de categoría, nos fuimos a comprar vino a la bodega de Blésignac. Aprovechamos de un claro en el cielo para dar una vuelta por la pista de bici, lecho de nuestras primeras aventuras hacía el lejano lago petrificado. Mientras la tía se nos escapaba corriendo entre los viñedos, mi dulcinea me rememoraba tan buenos momentos cruzando la comarca como verdaderos aventureros campestres.
Llegamos hasta las celebres moreras donde, hace siglos, elaboramos por primera vez lo que iba a convertirse en la legendaria "Mermelada de mora de Dardenac", famosa más allá de las siete colinas. Mientras seguíamos caminando, mi bella guerrera, flor de mi vida, me regalaba besos de pétalos más dulces que las nubes que franqueaban las puertas del cielo.
























































Te quiero mi amor, quiero vivir contigo bellos momentos en Francia en España o en las Filipinas lo importante es vivirlos contigo...de tu mano.
ResponderEliminarA tu lado, paseo en el paraíso, bella dulcinea ;-)
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