sábado, 26 de octubre de 2013

Pirineos Aragoneses, julio 2013

Pirineos Aragoneses, una escapada a lo grande.

A veces, el alma necesita grandes espacios para descansar del bullicio generado por la vida misma. Si vas en busca de lo grandioso, los Pirineos son seguramente el sitio más adecuado para semejante exploración del infinito.

Estábamos alojados en las afueras de Boltaña, un pequeño pueblo muy agradable coronado por el Castillo de los condes de Sobrarbe, una construcción de origen musulmana que predomina gran parte del valle. 

A nuestra llegada, cansados del viajes, buscamos un sitio agradable para refrescarnos. Unas cañas bien frescas más tarde, nos dimos una vuelta por el pueblo, verdadero laberinto de estrechas calles sombreadas.





La gente del lugar es muy amable pero de costumbres un poquito extrañas. Es muy curioso, pero suelen preparar sus caldos en los tejados, justo encima de las chimeneas. Aún no me explico cómo consiguen llegar hasta allí ya que no suele haber tragaluz para acceder a estos empinados techos.



Mi bella, siempre sonriente, daba un poco de luz a un día bastante nublado, lo que iba a ser una constante durante toda nuestra estancia.



Decidimos subir al castillo para disfrutar de una vista más general del lugar. El camino es rudo, sobre todo después de un largo viaje. Llegamos a una pequeña ermita donde está el primer mirador. Se cuenta que este promontorio fue famoso por ser un lugar de reunión de todas las brujas de la comarca. 



Lo sorprendente es que, a nuestra llegada al castillo, nos esperaba una cabra negra que nos miró de reojo apenas franqueado el umbral de la entrada. Bueno, más que un castillo, es un amasijo de piedras que se sostienen con ganas y algo de brujería, pero las vistas valen realmente la pena.





Al día siguiente, primera etapa de nuestras peregrinaciones al cañón de Añisclo, un lugar mágico y realmente encantador. Al llegar, mi musa me dio un beso de ánimo para renovar mis fuerzas algo diezmadas. Desde un principio, la presencia del agua se hace presente. Si no la ves, la oyes. El camino alterna partes de bosques frondosos con otras que dan directamente sobre el acantilado de roca. 










Siempre delante, mi intrépida exploradora abría el camino, cruzando puentes y perdiéndose por el laberinto de unos frondosos bosques oscuros.












Comimos un merecido bocadillo a la orilla del río, disfrutando de la música de las aguas bravas. De repente, el buen chuxo miró el cielo con recelo. El tiempo estaba cambiando y enormes nubes empezaban a amenazarnos con su oscura presencia.






Escapamos por los pelos del diluvio refugiándonos al lado de una pequeña ermita escondida en un hueco del acantilado. Allí, esperando la clemencia de los cielos, nos comimos otro bocadillo que nos dejó la panza bien repleta y el ánimo recobrado.



De camino de vuelta a casa, nos paramos en Fanlo, una aldea perdida en las montañas. Mucho silencio por estas calles poco transitadas, pero también mucha belleza para compartir con mi bella.







Lo más increíble es que, a parte del lavadero, el otro sitio de interés de esta pequeña aldea es un viejo aprisco transformado en bar donde te sirven unas cañas bien frescas, un lujo después de un día de caminata.




Al final del día, decidimos pararnos en Ainsa, un pueblo medieval situado a unos cinco kilómetros de Boltaña. Siempre delante, mi niña, ávida de comprarme un regalito, se perdió en el complejo entresijos de calles de la ciudad alta.




Tuve que probar una armadura para complacer a mi dulcinea, pero la espada, de juego con el conjunto, estaba demasiada pesada para mi enclenque musculatura y decidí olvidarme de mis sueños de fiero caballero durante el resto del día.





¿Pero dónde estaba mi bella? Pues la encontré escondida entre las sombras de un silencioso claustro, meditando nuevas aventuras para los días siguientes.





Cayó de nuevo una buena y tuvimos que refugiarnos en una taberna cuya terraza daba directamente hacia el gran lago, amo del valle.



Al día siguiente, nos fuimos en busca de Santa Justa, un pueblo abandonado perdido en las montañas. Al principio, un abrupto sendero sube hasta un acantilado donde hay que caminar con mucha prudencia. A diferencia de Añisclo, aquí no hay nadie y se nota que dichos parajes no suelen ser muy concurridos.



Rápidamente se llega a un camino de montaña bastante tortuoso. Pero al final llegamos hasta la entrada del pueblo sin muchos problemas ya que no hay otro camino para elegir.




Se entra por el cementerio, una curiosa manera de empezar la visita. Aquí no vive nadie desde hace décadas. Por lo visto, todos se fueron en busca de una vida mejor, dejando abandonadas las tierras de sus antepasados.








En lo alto de una casa medio derrumbada, un águila buscaba un poco de compañía. Se quedó con nosotros durante toda nuestra estancia, señalando su presencia gracias al cascabel que llevaba atado alrededor del cuello.




Para despedirnos de los encantos de esta aldea abandonada, nada mejor que un verdadero beso de amor bajo la vigilancia de las altas cumbres milenarias.





Después de tan ruda caminata, decidimos seguir hacia Tella, donde las famosas Rutas de las ermitas nos ofrecieron una increíble panorámica sobre los valles y las altas montañas que predominan toda la región.


Como de costumbre, mi dulcinea abría el camino, bella de las mil flores cuyo corazón he conquistado para siempre.



La majestuosidad del entorno es espectacular. El sendero no es nada difícil y permite caminar entre matorrales en flor cuya luminosidad compite con la del rey de los cielos.






Había flores y mariposas por todas partes y las praderas se habían transformado en cuadros de colores multicolor. Un sentimiento de paz profunda nos invadió por completo, dejando la brisa  emborracharnos de tanta pureza.








Como el tiempo parecía clemente, decidimos seguir nuestras aventuras hasta los miradores de Revilla, un lugar realmente muy concurrido por sus impresionantes vistas. Fue toda una odisea para aparcar el coche… pero gracias al ingenio de mi niña, lo conseguimos.



El camino no es muy difícil y realmente muy bello. No obstante, tras la maleza que rodea el sendero, el acantilado es de unos 300 metros, así que mejor andar con un poco de prudencia por un camino que estaba bastante resbaladizo por culpa del temporal de los días anteriores.



En media hora se llega a los miradores que ofrecen una vista en picado hacia las profundidades abismales del barranco. Una joya que no hay que perderse. Al volver no pilló la lluvia y llegamos justito al coche, evitando mojarnos por completo. De camino por la sinuosa carretera, tuvimos que parar el coche en plena bajada ya que la tormenta era tan violenta que no se veía ni a un metro de distancia. El temporal nos obligó a pararnos en un pequeño restaurante perdido en pleno monte, arrebatado de convives y donde tuvimos que compartir mesa con una pareja de jubilados franceses. El menú: buenísimo y con raciones para gigantes.




Al día siguiente nos fuimos directo al parque nacional de Ordesa porque las previsiones meteorológicas preveían el único día de pleno sol de la semana, lo justo para llegar hasta la Cola de cabello, una caminata de unas seis horas mínimo. Al principio, el bosque nos impresionó por su majestuosidad y su impetuosa belleza. Aquí la perfección nace en cada rincón. Riachuelos serpentean entre árboles milenarios que dejan el camino tapizado por millones de hojas secas.





Rápidamente se llega a la cascada de Arripas. Después de un desvío, se puede ir hasta la cascada de la Cueva y, sobre todo, hasta la del Estrecho, la más impresionante y bella de todas. Allí, la fuerza del agua te deja un poco atontado. El ruido es estremecedor y rompe con el silencio absoluto de los alrededores.







Justo antes de llegar al bosque de las Hayas, nos sentamos sobre una roca para disfrutar de un suculento bocadillo preparado con amor por mi princesa de las flores. Arriba, unas nubes de paso nos saludaron con unas cuantas gotas de bienvenida, nada grave para dos expertos de los senderos como nosotros. Una vez en el interior del bosque, el mundo entero se pinta de verde intenso, un espectáculo inolvidable para la memoria de nuestras retinas.




Al salir del bosque, el valle se abre hacía el circo de Soaso cuya entrada se hace por sus famosas gradas que te dan la bienvenida. La belleza del paisaje te deja sin palabras. Las fotos hablan por si solas, sólo les falta el canto del agua provocado por sus repetidas cascadas para dejarte hipnotizado por tan estremecedora ceremonia.








Al llegar al circo de Soaso, el tiempo cambió repentinamente. Enormes nubes se apoderaron del cielo entero y nos calló encima una tormenta de granizo impresionante. Volvimos corriendo para intentar refugiarnos en el bosque. Tras una buena hora bajo la lluvia, acabamos empapados de los pies hasta la cabeza. Nuestros chubasqueros no impidieron lo inevitable. Al llegar al coche, dos horas más tardes, nos quitamos la ropa para evitar una neumonía casi inevitable. Hice el viaje de vuelta casi en pelotas para dejar la poca ropa seca que me quedaba a mi intrépida conductora renegando como mil diablos. Un espectáculo también muy digno de ser recordado.


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