miércoles, 16 de enero de 2013

Lanzarote, octubre 2011

Lanzarote, una luna de miel con colores volcánicos.

Al entrar en nuestra habitación del hotel situado en Playa Blanca, al otro extremo de la isla, olvidamos al instante lo largo de nuestro  periplo, más de un día de viaje para llegar, por fin, a nuestro destino.

A lo lejos, el infinito mar para darnos la bienvenida. Desde el primer día lo tuvimos bastante claro: aquí,  todo se vislumbra a lo grande y con el silencio como sutil compañero de viaje.








Los primeros días fueron tímidos en despertarse y nos quedamos tranquilamente en Playa Blanca, disfrutando del hotel y de las bellezas de la orilla del mar, maravillados por las rocas pacientemente moldeadas por las invisibles manos del tiempo. 









Tras las brumas matutinas, otras islas solitarias, gigantes inmovibles, majestuosos testigos de los increíbles prodigios de la naturaleza, aguardaban la llegada de las olas. Al llegar el fin del día, imposible perderse los inolvidables atardeceres que ofrecen las islas, verdaderos milagros de cada jornada.





Al oeste de la isla está El Golfo, situado a la orilla del Parque Nacional de Timanfaya, una parada obligatoria para los enamorados de los paisajes fuera de lo común. Al llegar, cientos de gaviotas descansando de largos días de pesca en alta mar nos dieron la bienvenida. Al otro lado del acantilado que bordea el mar, una feria de colores nos deslumbró en unos cuantos milésimos de segundos. El espectáculo es impresionare a la vez que inesperado.







Las fotos hablan por si solas. Es como si las olas del mar se hubiesen quedado petrificadas en la roca, creando un inmenso tumulto de inmovilidad, escultura de roca viva reflejándose en las aguas verdes de un lago natural, alejado de los ataques de un mar siempre en movimiento.





En la orilla, todo es movimiento, repetido ola tras ola, el agua salada transformando las áspera piedras negras en bellos diamantes oscuros.










Volviendo al interior de la isla, nos encontramos con el valle de la Geria y sus sorprendentes viñedos, cuencos de piedras organizados en un complejo laberinto estratégicamente ordenado, protegiendo así las plantaciones del discontinuo asalto del viento.







En las bodegas, los barriles ayudan a la fermentación de un néctar profundo y de sabor agudo y sutil, perfecto contrapunto al paisaje árido del exterior. Por fin un poco de frescor antes de afrontar de nuevo el calor del camino que nos esperaba afuera.






Un poco más abajo de Playa Blanca está la costa de Papagayo, con sus playas salvajes, unos lugares de bastante difícil acceso. Pero el esfuerzo vale la pena, sobre todo si estás en compañía de una bella sirenita soñadora. Eso si, el asalto del viento es continuo y las playas de arena muy bien escondidas y más que concurridas. Pero cuidado con la marea, que suele ser muy traicionera por estos parajes.








En cuanto a Playa grande, además de sus dimensiones, esta parte de la isla es muy famosa por sus atardeceres plateados. Allí mi bella se transformó en princesa de oro, deslumbrando rayos de amor en estado puro.





En el centro de la isla está Teguise y su famoso mercado. El pueblo no dista mucho de los de la costa, pero el mercado permite descubrir, además de las especialidades locales, los típicos patios interiores de las casas, con sus fuentes protegidas por una vegetación más que agradecida.






En cuanto a mi niña, se me escapó varias veces, perdida entre la muchedumbre enloquecida por tantos tesoros en venta. La volví a encontrar más tarde cargada de regalos de buenos presagios.




Cerca de Tahiche esta la Fundación César Manrique, el gran mago de la isla. El museo mismo es una verdadera obra de arte y, sobre todo, te permite escapar por un momento del árido sopor del exterior.









Cuando la naturaleza comparte directamente sus bellezas con obras creadas por el hombre, el conjunto que se ofrece a los ojos es de una mezcla sutil de impresiones. Hasta las nubes parecen hacer parte de estos cuadros viviente que son las ventanas abiertas hacia los volcanes.








Pero lo que aquí más predomina es la roca, omnipresente en cualquier rincón de este paraíso subterráneo. Ni decir que nos tomamos con tranquilidad estos grandes momentos de descanso a la sombra de algún patio tranquilo, disfrutando en silencio del entorno en su conjunto.









Si se quiere realmente intimar con la isla, es imprescindible hacer una excursión al Parque Natural de los Volcanes. Decidimos aventurarnos a pie al interior de la isla, bien equipados y con mucha agua. Un camino se abre entre los ríos de lava petrificada y te lleva hasta la Montaña Blanca, meta de nuestra peregrinación del día.






La aridez del lugar no te permite extraviarte de tu camino, y hay que tener mucho cuidado en no perder el norte, que aquí el silencio te deja en el olvido.








En la cima del volcán, la extravagante vista te da una idea de la belleza muy particular de la isla. Hay que verlo para creerlo.




Jameo del Agua y su lago subterráneo es sobre todo interesante por sus zonas de descanso y sus cervezas bien frías. Te permite olvidar por un instante que allí arriba, el sol abrasador está esperando tu vuelta, siempre incansable.









Muy recomendable es la Cueva de los verdes y su tesoro, un misterio que no pienso desvelar en estas páginas. Os dejo descubrir las partes íntimas de la isla, meandro de belleza escondida en lo más profundo de la roca.










Para acabar con este fantástico viaje en tierra de la nada, nada mejor que subir hacia el mirador del Rio situado en el extremo sur de las isla. Las gigantescas panorámicas que allí se ofrecen a la vista te dejan con la mente totalmente aturdida. En cuanto al viento, aunque haga mucho sol, mejor preveer un buen abrigo.



Por un instante, creí que íbamos a poder emprender el vuelo para volver hacia el mar con apenas unos cuantos aleteos, pero mi bella me aconsejó  que me quedase bien tranquilo a su lado, que entre sus brazos no hay mejor sitio para seguir soñando.


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