viernes, 8 de febrero de 2013

Dardenac, diciembre 2011

Dardenac, tierras de mis recuerdos.

Eran otros tiempos, otros momentos, un dulce silencio acompañaba mis pasos, con mi mente vagando en las nubes y mi mirada perdida en lo invisible. ¡Mis queridos bosques! Cuantas veces habré pisado vuestros senderos, cruzando caminos, praderas, y saludando a los animales de paso.








Las viñas, tesoros de mis tierras, que creía  infinitas cuando era niño. Y era verdad. Llegado a la edad adulta, más bebía del néctar de sus frutas, más me parecían perennes. Al final del camino, en el invierno de la vida, los recuerdos son como las hojas secas, se dejan caer hacia el suelo, embelleciendo los caminos.







El camino de vuelta a casa siempre era una alegría. Al cruzar el umbral de la puerta, dulces aromas provenían de la pequeña cocina, antro del viejo pirata, tan viejo que nadie se acordaba de su edad. Ahora sigue navegando, lejos, muy lejos, perdido en alta mar, buscando nuevas islas de felicidad.








Mañanas de brumas, sorpresas tras las cortinas de niebla. Es el momento en el que el paisaje se transforma en otro, más misterioso, dejando al azar el derecho de decidir de la belleza. La vieja iglesia seguía tocando el cielo mientras el frescor nos hacía olvidar todo el resto.







En cuanto a la naturaleza, aunque estemos presente, siempre se queda salvaje, a veces imprevisible, invariablemente sorprendente. Amo a mis tierras, y ahora que estoy lejos, nunca he estado tan cerca.







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