Bugarra, del jueves 31 de julio hasta el sábado 02 de agosto.
Que bien estamos en casa de Bea y Txema, en el pequeño pueblo silencioso donde suelo refugiarme cuando el calor de la ciudad me hierve la sangre. Hoy, nada de cuentos, sólo un pequeño paseo entre el viento y el espacio, sencillo pero muy bello.
Como es de costumbre, el gran Malako descansa a la fresca, no hay duda que el buen animal sabe saborear su tiempo al máximo.
Es todo silencio en el taller del maestro, y el lienzo recién pintado confunde unas moscas perdidas.
Fuera, después de la lectura de las noticias, es el sagrado momento de las caricias.
Detrás de las rejas de la memoria, se buscan efímeras imágenes apenas esbozadas.
Hoy, una piedra… quizás mañana el cielo.
La mamá de monsieur le Txema se lo está pasando bomba viéndonos disfrutar de la nada.
En un rincón del pueblo, nace la armonía entre las ruinas del olvido.
Cómodamente instalado, un tomate disfruta del paisaje…
Y sus recuerdos vagan de sillas en sillas.
¡Venga! Ya sabes que si no nos damos prisa, el Malako se enfada.
Entre ramas, pequeños soles nos saludan de paseo.
Antiguos tiburones de piscina sacan la aleta en signo de dominio.
Tumbado para siempre, el cráneo de un gigante reposa descompuesto en el suelo. Ni nos paramos para escuchar sus plegarias.
El camino sigue hasta lo más alto. En primera fila, el Malako abre sendero.
Un vez llegado, la belleza del silencio.
Menos mal que todo no tiene que ser seriedad. Al Malako sólo le falta una cerveza.
Más abajo, nos topamos con los grandes guardianes de las alturas, bosques de vigilantes inmóviles.
Otro bosque dentro de otro bosque. Sólo hay que tener curiosidad para encontrar magia.
Hasta un montón de troncos apilados se puede parecer a un montón de troncos apilados.
Al Malako le importa un pito pero está de acuerdo conmigo.
Fotos llenas de curiosidad infantil. Poética prosa. Cada línea un cuento, una historia fantástica.
ResponderEliminarMe has hecho pensar en hadas, gigantes y diminutos personajes. Gracias.
Un saludo
Qué guapo el Malako!
ResponderEliminarAunque a mí lo que más me ha gustado ha sido el bosque de los diminutos...
Besos
El malako y todos sus sirvientes, que seguro se siente conde en el castillo, comida , paseo , caricias, luego pasa lo que pasa cuando llega a la gran urbe.
ResponderEliminarVeo que este homenaje al pequeño pueblo de Bugarra no os ha dejado indiferente. Ahora sabéis porque me voy a menudo por estos pajares de gran sabiduría, del silencio y de espacio casi infinito
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