viernes, 8 de febrero de 2008

Dardenac, diciembre 2007

Dardenac, del 19 de diciembre hasta el 4 de enero.

Cada fin de año suena el momento del gran descanso anual. Allí, perdido entre las sábanas de la cama, espero el momento del festín navideño, leyendo novelescos libros que no suelen tener finales, perdiéndome en el calor de la litera que se transforma en un intrépido navío cruzando el mar de las historias infinitas.

Aquí un pequeño recordatorio de momentos de gran sabiduría.


Los pilares de la entrada del bosque mágico. Escondidos detrás de la melaza, los dragones de ojos de fuego me siguen observando, sigilosos.

La puerta está abierta, invitándome a entrar para un viaje silencioso.

Aquí el tiempo deja huellas, como unas heridas que nunca se curan.

Gangrena fertilizante, si pones los pies en la zona verde, tu pito se transforma en flor y te sallen ramas por el trasero.

¡La he visto! Una mano de un gigante del bosque medio dormido buscando sustento entre las hojas secas que pueblan el silencio.

Arriba, una cárcel de ramas impiden al cielo susurrarme sus sabios consejos. Estamos en invierno y aquí, ni la muerte consigue entrar.

Justo antes de desaparecer, la cola de un dragón de fuego se despide delante de mi mirada aturdida. Si le veo los ojos, me mudaré en serpiente… ya lo sé, ya lo sé.

Allí están, me vigilan escondidos. Todo parece haberse parado, incluso el viento.

Un viajero intrépido se ha mudado un reptil de musgo, retorciéndose en el suelo. Su dolor parece infinito.

Ya es hora de volver a casa, la luz me indica el camino correcto y sigo sus consejos paso a paso.

Escondido entre el gentío, aquí me vuelvo con mis parecidos.

Era tiempo. Un último guiño ante de que caiga la oscuridad.

Sólo queda la farola de las almas perdidas para los que ni se acuerdan de su camino.

A la mañana siguiente, fantasmas se han apoderado del cielo. No dejan penetrar ni una gotita de sol y de calor.

Menos mal que tenemos oro líquido para calentarnos el corazón. Probadlo, es milagroso.

Pero antes, hay que escuchar la voz de la memoria, contándonos historias de los tiempos remotos.

Fuera, la brisa se ha mudado en beso de hielo, transformándolo todo en estatua de inmaculada transparencia.

Hasta el fiero ejercito de soldados de madera se he quedado petrificado.

Es un buen momento para escaparme. Hasta la sabia de los entes de la tierra se ha congelado.

Espermatozoides parados en su afán de conquista.

Todo parece moverse. Es el mal del viajero impenitente. Es hora de despedirme de las tierras de mis ancestros. El año que viene, volveré… sabiendo que nada habrá cambiado.



Pero antes de daros el beso de despedida, escuchad la voz de la memoria.

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