Como nos encanta disfrutar plenamente de los viajes, en lugar de hacer el trayecto Valencia-Libourne de una sola tanda decidimos pararnos en Hondarribia, uno de nuestros pueblos preferidos de la costa vasca que ya conocemos como el fondo de nuestro bolsillo.
Llegamos en pleno Carnaval, lo que nos obligó a aparcarnos en las afueras de la ciudad, cerca del casco antiguo donde nos hospedábamos. No tuvimos otro remedio que irnos a picar algo en una de las tabernas de la Calle San Pedro, la de los restaurantes. Nuestro plan inicial era irnos a comer en el Itsaspe, nuestro restaurante predilecto, pero estaba tan abarrotado que nos fuimos al de la Tía Olga que nos recibió con una sonrisa inigualable.
Después de una frugal comida, nos fuimos a pasear tranquilamente ya que el tiempo acompañaba. Los Carnavales se habían acabado dejando el pueblo casi desierto, lo que nos permitió disfrutar de un poco de tranquilidad después de un viaje en coche tan largo.
Bajamos tranquilamente hasta el paseo marítimo donde los supervivientes de la Cofradía de los Enanos seguían desafiando las olas de un océano poco inclemente con los ilusos, salvo con mi sirenita, reina de los siete mares y de todas las bañeras de la comarca.
Tuvimos suerte con el temporal, el cielo estaba espectacular, ofreciéndonos una preciosa luz repleta de paz y de serenidad, justo lo que necesitábamos en aquellos momentos. Mi niña de las flores revoloteó con la brisa marina mientras la aves marinas admiraban en silencio aquel precioso baile.
Evidentemente, al volver por el casco antiguo el señor Chuxo no pudo resistir al placer de deleitarse con un pastel vasco de los buenos requetebuenos.
Pero los Chuxines son animales de costumbres y se fueron directos hasta el Itsaspe a picar algo ya que la cocina estaba cerrada. Eso sí, reservando mesa para una cena como toca.
Después, paseo de los enamorados hasta el bellísimo Hotel Palacete, hogar dulce hogar, situado en el mismísimo corazón del casco antiguo del pueblo. Mi niña había reservado en la Suite Royale, así que nos lo pasamos como reyes (del mambo). Luego de una buena ducha y de un leve descanso, nos fuimos a disfrutar de una buenísima cena en el… Itsaspe, con los huevos puestos y el apetito hasta las nubes. ¡Así son los chuxines!
Sin dejarnos abatir por una leve somnolencia, volvimos a patear por las callejuelas desertadas en medio del reinado de la noche, lo ideal para acabar con una jornada más bien completa.
Al día siguiente, desayuno en la terraza del hotel, lugar predilecto de los habituados del lugar y de los huéspedes de cuatro patas… y viaje hasta Bordeaux donde Jakipi nos esperaban en su Palacio restaurado.
Al día siguiente, después de una agradable noche en la casita de madera y una suculenta comida preparada por Jacques y Pierrette, nos fuimos en autobus hasta el centro de Bordeaux a pasar el resto de la tarde.
Es complicado encontrar nuevos tesoros en una ciudad que hemos visitado muchas veces, pero nunca perdemos la esperanza, lo que nos hizo descubrir el lobo de la Rue du Loup, la sonrisa del Hombre muerto, la rama predilecta del cuervo del Destino, los patos veraneante así como la cesta de los milagros del bellísimo Parc Bordelais. No está nada mal para un paseito cortito. Evidentemente, el señor Chuxo quiso tomarse uno de los irrepetibles cócteles de la Contesse, rue du Parlement Saint-Pierre, gran amigo del caniche del infierno.
Al día siguiente, nos fuimos hasta L’ange Bleu, escondido en el pequeñito pueblo de Gauriaguet, donde disfrutamos de un espectáculo realmente magnífico, digno de los ochenta años de la Tía. Nos lo pasamos a lo grande y volvimos embrujado de rojo y azul de por vida. Acabamos todos en casa de la tía Christine en Libourne con un divertido piscolabis y un mini concierto de monsieur Sébastien, hermano del susodicho ladrador.
Al día siguiente nos fuimos hasta Saint-Jean-de-Luz bajo una tremenda lluvia durante todo el viaje. Nos paramos en la playa de Erromardie, cerca del Nido de verano de los Chuxines, para después irnos a comer con Phil y Sébastien en el Elizalde, uno de los restaurantes predilectos de Phil situado en lo alto de la Ventas de Ibardín.
Después de una copiosa comida, bajamos de nuevo hasta Erromardie con la intención de tomar algo el el Bistro du Mata, pero estaba cerrado así que no nos quedó más remedio que disfrutar de unas horas de buen tiempo para hacer unas fotos e irnos hasta Saint-Jean para nuestro último paseo del día antes de la cena en la casa de Phil.
Al día siguiente, el tiempo estaba tan catastrófico que decidimos volver directamente hasta Valencia, dejando atrás unos muy buenos recuerdos y unas tierras que nos han dejado enamorados para siempre.



























































































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