miércoles, 13 de diciembre de 2023

El Reinado de Artikutza, Donostia, septiembre de 2023.

Esta ruta la tenía guardada mi niña de los bosques desde hace mucho, mucho tiempo, así que es con muchísimas ganas que nos dirigimos hasta El Reinado de Artikutza por una carretera cada vez más estrecha, a veces totalmente cubierta por una espesa niebla que no preveia nada bueno. Aún así llegamos sanos y salvos hasta la casa del guarda forestal que nos recibió con verdadero afán por explicarnos la ruta que íbamos a descubrir. Cruzamos la valla que impidía el paso a los vehículos y bajamos por la carretera hasta llegar a un poste indicativo.


Es a partir de este momento que empezó la magia del Reinado de Artikutza. Bajamos por un sendero que se adentraba en un profundo bosque totalmente cubierto por suaves capas de un musgo verde y resplandeciente. Un verdadero espectáculo que sumergió nuestras retinas durante varias horas de caminata.







Saludamos a unos cuantos Maestros del bosque, caminando por un sendero tapizado por hojas moradas, un dulce contraste de colores digno de un gran Artista. 





Lo que vimos aquel día nos dejo marcados para siempre. Cada árbol ofrecía su propio encanto multiplicado por la suma de silencio que transmutaba la belleza en eternidad.














Siempre delante, mi niña de los montes abría un camino cada vez más frondoso y extraordinario, bajando hacia un profundo riachuelo que se abría camino en medio de una naturaleza exuberante.







Cruzamos varios puentes por un sendero repleto de sorpresas y aromas sutiles donde la naturaleza reinaba en todo su esplendor. El suave frescor de aquellas tierras nos envolvió en su dulce abrazo, señal que éramos los bienvenidos.

















Descubrimos unos senderos que bajaban hacia las profundidades de la tierra y otros que llevaban hasta el cielo. En cuanto a mi bella, hacía uno con el entorno que se lo devolvía con amor y cariño.





Subimos hasta la cascada de Erroiarri que apenas pudimos entrever. Las fieras aguas se arrojaban hacía el vacío, llevándose consigo el frescor en un torrente ensordecedor.





Seguimos caminando a buen paso por uno de los senderos más bellos que hemos cruzado hasta llegar a los primeros claros que nos dejaban entrever parte del cielo.











Mi niña intrépida apaciguó a una de las bestias salvajes de los bosques y seguimos caminando más tranquilos hasta llegar al poblado de Artikutza.





Allí nos esperaba el guarda forestal que nos abrió la pequeña capilla para nosotros solos. Conocimos a unos cuantos recolectores de setas que andaban recelosos con sus riquezas tan preciadas. El poblado parece abandonado, pero no lo está para nada. Aún sobrevive su antigua estación de ferrocarril, testigo de remotos tiempos olvidados. Minas, ferrerías y molinos salpican aquí y allá entre los bosques de la finca.












Seguimos caminando subiendo por un antiguo trazado del ferrocarril minero. El ferrocarril minero y forestal de Artikutza se construyó 1898  y recorría unos 30 kilómetros, el de mayor longitud de España en su categoría y su vida se prolongó hasta 1917, nos había explicado el guarda. 






Llegamos al asentamiento llamado Planoburu donde pervive aún parte de la estructura del pequeño ferrocarril, con sus railes y pequeñas vagonetas oxidadas por el tiempo, verdaderos tesoros de los recuerdos.











Por primera vez en todo el día caminamos por un tramo situado en la solana y que nos ofreció inesperadas vistas hasta gran parte del inmenso bosque que cubría hasta las cimas de las montañas.









Evidentemente, volvimos a bajar hacia el frescor protector que nos regaló sus últimos obsequios, una preciosa manera de acabar con una de las rutas más espectacular que hemos hacho hasta ahora.
















En el camino de vuelta por la carretera, nos topamos con unos lugareños que nos saludaron con el temple que les corresponde. A lo lejos, el océano iluminaba el cielo y la costa nos esperaba cálida y acogedora.








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