Este año, nos toco un final de verano bastante lluvioso. Como nos habíamos prometido desde hace años hacer una extensa visita de Hondarribia, aprovechamos del temporal para disfrutar de un bellísimo pueblo costero situado a un tiro de piedra de la frontera francesa.
Entramos por la puerta principal que habíamos descubierto el año pasado, sin olvidar pedirle paso al fiel guardián que custodia la entrada de la fortaleza.
Una vez en medio del complejo entramado de callejuelas que constituyen la geografía urbana de aquella antigua fortaleza, empezamos a callejear a paso militar hasta acabar en la grande muralla que cerca gran parte del casco antiguo.
Mi niña zen aprovecho de la tranquilidad del lugar para levitar y hablar con las estrellas (aunque sea de día, siempre lo consigue).
Después de tanto caminar, aprendimos un poco de la Historia de la plaza fuerte. El emplazamiento estratégico de Hondarribia frente a la costa vasca del Reino de Francia y la presencia en sus inmediaciones de vados que permitían cruzar el Bidasoa convirtieron a la localidad en una plaza fuerte de importancia. La localidad fue amurallada y sufrió numerosos asedios a lo largo de su historia. Cada vez que estallaba una guerra que enfrentaba a España con Francia, la localidad era la primera en ser atacada por los franceses.
Seguimos nuestra visita con otra mirada, ya que saber de la historia de un lugar permite tomar el pulso de su corazón.
Acabamos en la plaza central donde nos tomamos un descanso merecido antes de seguir nuestra larga visita que prometía más sorpresas.
Lo más destacable del casco antiguo es sin duda alguna la gran plaza que ha guardado la esencia de un antiguo pueblo marítimo vasco. De hecho, las fotos hablan por si solas.
En cuanto a mi bella niña exploradora, tocó acero para reubicar la brújula que rige nuestro destino y llevarnos a buen puerto.
Y sí, acabamos una vez más en el Itsaspe, donde nos esperaba un festín que nos dejo maravillados, entre otras cosas.
Para acabar con esta larga jornada, nos fuimos hasta el paseo marítimo disfrutando de un fin de día que había dejado el cielo más azul que los de mis acuarelas.
A continuación, nos fuimos en busca de Noa y Saki antes de despedirnos de Hondarribia, uno de los pueblos preferidos de mi niña flor, reina de mi corazón y de mis latidos a paso lento.






















































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