Llegamos al pequeño pueblo de Erratzu muy temprano. Sus solitarias calles aún parecían dormidas y el frescor ambiente nos dejo entrever el placer de las mañanas vascas.
Cruzamos en un santiamén la pequeña aldea y nos metimos por un sendero que rodeaba los prados circundantes. Mi niña flor había elegido la ruta más larga pero también la más bella, como tiene que ser. Además los chuxines son caminantes natos, y disfrutar de la naturaleza es más que un privilegio, es placer puro.
Nos despedimos de la pequeña iglesia románica del pueblo para adentrarnos en la espesura de los grandes bosques, reino del follaje salvaje.
Cruzamos varias veces el pequeño riachuelo, rey de aquellas tierras que preserva intacto la vida y el ecosistemas del hermoso valle.
Los grandes prados son numerosos y se extienden en medio de la espesura de los profundos bosques. Siempre delante, mi bella abría camino a muy buen paso. Es mi guía y con ella al mando, nunca nos hemos perdido.
Vimos muy pocos animales aparte de unos asnos simpáticos que vinieron a saludarnos en busca de unas caricias.
Mi niña no se olvidó de saludar a unos cuantos Amos de los bosques, vigilantes centenarios y protectores de las sencillas reglas de la naturaleza.
A lo lejos, vislumbramos la pequeña aldea de Goros Tapolo que íbamos a cruzar durante el camino de vuelta y que resplandecía entre unos prados de un verde fosforescente.
Seguimos caminando a buen ritmo disfrutando de la belleza de una naturaleza exuberante.
Es llegando a la altura de la antigua cruz que volvimos a encaminarnos por el sendero más turístico, el que nos llevó hasta los famosos saltos de agua, meta del día.
A partir de aquel momento, cruzamos el reinado de las aguas salvajes hasta llegar a la primera cascada escondida entre un matojo frondoso de árboles y follajes. Cerca está la famosa cascada de Xorroxin, pero había tantos turistas que no pudimos disfrutarla como era debido.
Pero no pasa nada, los chuxines son animales de recursos, así que nos dimos la vuelta y nos fuimos hasta una intersección donde había un sendero mucho más salvaje que parecía subir muy por encima de las cascadas.
No pudimos ir muy lejos ya que gran parte del sendero estaba totalmente hundido. No obstante, pudimos ver parte de la gran cascada muy escondida a través del follaje. Algo es algo, me dijo mi niña trepadora,
observándome con ojo avizor.
Emprendimos tranquilamente el camino de vuelta hasta llegar a la aldea de Goros Tapolo, precioso rincón mágico del Baztan.
Después seguimos una carretera que nos llevó rápidamente hasta Erratzu y su campanario. Saludamos a unas vacas curiosas, evitando los perros ladradores que nos oyeron mucho antes de vernos.
Una vez llegados al pueblo, visitamos el claustro totalmente abandonado y derruido de la pequeña iglesia y acabamos nuestra ruta tomándonos unas merecidas cervecitas en el bar pegado al templo de los creyentes y otros iluminados. El mejor sitio para tomar una buena cerveza es al lado del cielo… que lo sepáis, amigos caminantes.






























































































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