Empezamos la ruta en Alfondeguilla mismo, de buena mañana y con las ganas de disfrutar del sol que era resplandeciente aquel maravilloso día.
Como es su costumbre, mi niña caminadora, saltarina de mi vida, abría el camino a buen paso.

Primera parada, La Cova de Sant Vicent, solitaria y olvidada ya que el Santo ermitaño se había ido por otros lares desde hacía mucho tiempo.
Después es todo subida por un sendero discurriendo entre matorrales y espinosos de toda índole, olé olé.
Una vez pasada la “Casa blanca”, el paisaje se vuelve más agreste y salvaje hasta llegar a la cima del primer collado, con una impresionante vista panorámica además de la cima del próximo collado… que los Santos en toda su devoción habían colocado aún más alto.
Así que subimos hasta la siguiente cima donde pudimos vislumbrar más cimas… en las cuales una era nuestra próxima meta. ¡Alegre el caminante de piernas robustas, el camino para él nunca es un suplicio!
Llegamos a la Gran Roca después de un periplo de lujo. No voy a decir que la subida fue impresionante, pero casi. En cuanto al descomunal acantilado, dominaba gran parte de la comarca. Descansamos un rato entre los muros de las ruinas de esta antigua plaza fuerte morisca, donde volamos libres como águilas indómitas.
Por fin, emprendimos una larga bajada hasta llegar a un camino forestal que nos llevó hasta una zona de chalets, siguiendo caminando en dirección… del próximo collado que nos esperaba tranquilamente un poquito más arriba y que nos dejo fritos pero contentos.
Después, de nuevo otra subida que nos dejo con el derecho de tener otra panorámica, eso sí, con las patitas y el motor un poco agotado por tanto trajín.
Aquí nos paramos para comer nuestros bocadillos de tortilla de patata y cebolla, obra maestra de mi musa cocinera, amor de mis senderos y de las constelaciones luminosas.
A continuación, y como no, fue un sin fin de subidas y bajadas más leves, aunque constantes, todo gratis y por bosques de pinos, de matorrales y arbustos, de alcornoques y caracoles.
Dejamos la pista para bajar hasta el fondo de un pequeño barranco que nos desveló uno de sus secretos más preciados.
Para terminar, cruzamos un bosque de alcornoques, jugando con sus sombras tentaculares y que nos llevó hasta Alfondeguilla y a la vida real.
















































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