lunes, 19 de agosto de 2019

Cortes de Pallás, una larga aventura en el Valle de Ayora, junio de 2019.

Nos habíamos dado cita en Cortes de Pallás lo más pronto posible, pero fuimos los primeros en llegar, así que nos quedamos esperando a toda la tropa en Casa Fortunato, donde las cervezas sólo se sirven a los afortunados.

Llegaron todos poco a poco, Gracia y el Jabato, Carmen, Txema y Bolo. Sólo faltaban Cris y Javi que se habían quedado dormidos en casa.

Es así que, después de unas cuantas cañas, nos fuimos cantando, empezando nuestro largo periplo bajo un sol abrasador. Como testimonio de tal veracidad, las huellas de Bolo, animal de pelo raso.



Llegamos rápidamente a un bonito riachuelo que nos ofreció un poco de su frescura. Después de haberlo cruzado sin dificultad, llegamos a una impresionante cascada de agua bien fresca que Bolo probó sin pensárselo dos veces.







Después, a caminar como animales furiosos ya que el camino se veía bastante empinado y agreste.









Seguimos caminando siguiendo el curso del riachuelo que veíamos de vez en cuando entre los matorrales hasta llegar a un pequeño puente de fortuna que cruzamos con mucho cuidado.







Es a partir de ese momento que la cosa empezó a complicarse un poco, y tuvimos que trepar como pudimos para seguir el sendero que se perdía en la falda de la montaña.









Pero salimos victoriosos y llegamos a un cruce de camino donde mi bella niña flor, nuestra guía oficial, nos indicó el buen camino a seguir. A su lado, Bolo, que no le quitaba el ojo de encima ni un segundo.





El sendero seguía subiendo sin piedad bajo un sol que se volvía cada vez más insoportable, cruzando acantilados y rocas rozando el cielo.





Hay que subrayar que el paisaje era excepcional, con panorámicas tremendamente impresionantes.










Nos costó horas llegar a la cima. Menos mal que la bajada fue mucho más piadosa, pero no menos bella por sus picados hacia el pantano que nos dejaron con la boca abierta y la lengua aún más seca.





En cuanto a nuestras tres mosqueteras del monte, nada parecía asustarlas, ni siquiera la vertiginosa bajada que nos llevó hasta nuestro punto de partida.










Eso sí, llegamos con un hambre voraz y con la promesa de unas cuantas buenas cervezas. Pero tuvimos que coger los coches hasta Venta Gaeta donde nos esperaban desesperados Cris y Javi.




Eran casi las 16.30, pero las camareras hicieron un gran esfuerzo y pudimos saciarnos como ogros hambrientos de carne viva. Menos mal que nos dieron sustento ya que el Jabato empezaba a mirarme como si fuese un jamón al horno de los buenos. 



El siguiente reportaje ha sido realizado, como no, por la reportera de mi vida, mi niña flor en persona.





Para acabar con poesía, a Javi le creció un nuevo corazón vegetal mientras Carmen empezaba a domar gatitos callejeros. Pero todo tiene su fin, todos nos abrazamos como ostras peregrinas para después irnos tranquilamente a casa ya que la aventura fue bastante larga, bella y abrasadora.




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