Para variar los placeres y no seguir pegados en la costa, decidimos irnos de excursión, visitando unos cuantos pueblos de la isla. Empezamos por Ciudadella, que estaba a un tiro de piedra.
La ciudad no es especialmente muy grande, con una calle mayor realmente muy bonita donde dimos un paseo misterioso realmente encantador.
Evidentemente, el chuxo probó unos de los famosos cascos de la isla, celebres hasta en Indonesia.
Un señor y su perro, ese último muy hablador, nos indicó la dirección del antiguo mercado que, por desgracia, estaba cerrado.
Seguimos en coche hasta el centro de la isla, pasando por Es Mercadal y subiendo hasta la Mare de Deu del Toro.
Aparte de la vista que es realmente fantástica, no vimos ni a la madre, ni el toro y aún menos el buen Dios. Fuimos a preguntar a la taberna, pero nadie los había visto, salvo al toro que estaba de vacaciones.
Bajamos hasta Fornells para comer en un pequeño restaurante situado a la orilla de una inmensa bahía natural. Había oleaje y la cerveza estaba bien fresca. ¿Qué más pedir? ¡Una de calamares!
Después, con mi niña flor, fuimos a cazar margaritas. Había tantas que el chuxo, animal de pelo raso, se volvió totalmente loco.
El Cap de Fornells da mas allá del horizonte, donde el infinito es tan azul que roza el paraíso de las sirenas.
Llegando al anochecer, fuimos desde el hotel hasta el faro del Cap de Artrutx con la firme intención de ser iluminados por la sabiduría del sol.
Mi niña flor, que es un Hada de la pradera, sostuvo el astro de los astros con la palma de la mano, acariciando los últimos rayos del día.
Nos despedimos del cielo, de las gaviotas y del imponente faro, fiel guardián de la costa.











































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