Ese día era uno con ganas de guerrear, trepar y escalar cimas… en fin, un día de Castillo Alto.
Y allí estaba el Castellet, tocando las nubes en la cima de unas empinadas rocas, saludando nuestro desafío con ganas de vernos a la altura de nuestra promesa.
Imposible domar a mi niña caminadora, siempre delante como una verdadera capitana trepadora.
¡Venga, dale caña!, me decía mi bella con una dulce sonrisa. Yo, buen chuxo como no los hay, la seguía encantado, aunque ladrando como un animal saltarín.
Es cierto que el camino subía sin descanso alguno. A veces, mi mariposa silvestre se paraba para desalterarse, pero enseguida emprendía la marcha con las fuerzas renovadas.
A lo lejos, el pueblo se hacía cada vez más lejano y pequeño, prueba de nuestro progreso hacia las alturas.
Además de caminar rápido, mi niña es la reina de las panorámicas parabólicas ;-)
Es bajo la sombra del gran árbol que nos comimos nuestro frugal almuerzo. Ahora nos esperaba el último tramo del camino, el más abrupto y menos sombreado.
¡Uf, cuanto calor!, se desesperaba mi pequeña flor de amor, princesa de mis sueños y dueña de mis caricias.
Las flores nos alentaban, susurrándonos que la cima estaba cerca, a apenas un palmo de pétalo…
Una vez arriba, en lo alto del castillo, el mundo tiene otro sabor. Allí se juntan los océanos y los cielos se vuelven infinitos.
Cerca del precipicio, el chuxo se tiró un pedo, pero hizo la foto.
Ya era la hora de emprender el camino de vuelta que, por desgracia, seguía subiendo.
Hacía más calor, el camino parecía alargarse a cada paso, el chuxo, desesperado, estuvo a punto de comerse unas flores y mi princesa, encantadora de los bosques, consiguió domar a un gigante sapo de piedra… Pero no nos pasó nada más y volvimos a Castell de Castells sanos y salvos, pero con más hambre y sed que él que se perdió en el Sahara.



























































No hay comentarios:
Publicar un comentario