viernes, 4 de marzo de 2016

Un finde de enamorados, La puebla de arenoso, enero de 2016.

Llegamos al pueblo al final del día, justo a tiempo para dar una última vuelta cogidos de la mano y con la complicidad de la suave brisa de las montañas.

Más  abajo, las tranquilas aguas  de la presa reflejaban la quietud del paisaje que nos rodeaba mientras la suave luz del fin del día se despedía lentamente.




Mi niña trepadora saltaba de roca en roca, feliz y contenta por cruzar el gran puente que daba hacia la tierra de los misterios.






La noche casi nos cogió por sorpresa, dejando al pequeño pueblo apenas iluminado por los gélidos rayos del astro lunar.







Al día siguiente, nos esperaba una larga excursión que nos llevaría casi hasta la puerta de los cielos.







Es verdad que al principio, el camino no paraba de subir, subir y subir, dejándonos casi sin aliento pero dichosos por compartir juntos la sencilla belleza que nos rodeaba.







Siempre delante, mi niña trepadora, verdadera bailarina de los montes, me animaba a ir más rápido.







Subimos tan alto que, a lo lejos, el pueblo y su presa se desvanecían como un lejano recuerdo.




¡Dale caña!, me decía mi pequeño volcán, intrépida caminante de mi vida.



Pero es una buena niña y siempre se quedaba esperándome a la sombra del camino, dándome besos de ánimo.



Llegamos al paraíso unas horas más tarde, disfrutando de unas increíbles vista desde nuestras nubes.





Casi llegamos hasta Los Calpes, pueblo montañoso por excelencia. De camino de vuelta, admiramos unos almendros en flor… y casi nos  topamos con un jabalí aún más salvaje que mi pequeño pony de las praderas.




Volvimos a disfrutar del mismo paisaje que nos había asombrado a la ida, pero al revés ;-)



Era casi la hora de la comida y mi caminadora se impacientaba por culpa de mi lentitud, animándome con la promesa de una buena cerveza bien fresquita.



Llegamos al pueblo justo cuando cantaban las campanas. Desde el hostal donde nos hospedábamos se olía el fume muy típico de un estofado de jabalí con patatas, perdición del chuxo caminante. Comida y el siestorón fueron de campeonato.



Mientras tanto, las frías aguas que nos rodeaban seguían iluminando el cielo de su belleza contenida.



Después del descanso del guerrero, nos fuimos hasta Rubielos de Mora, un pueblo medieval escondido entre los recovecos de las lejanas llanuras.




Mi niña flor, siempre muy entusiasta, me esperaba justo delante de la entrada del Alcon cojo con una trepídente sonrisa de bienvenida.




Nos perdimos en las frías calles del pueblo donde descubrimos picarescos picaportes mágicos.





Evidentemente, mi niña tocadora no pudo resistir a la tentación.



Es en la pequeña plaza de la doncella que nos tomamos nuestra merecida caña para celebrar la llegada del fin del día y otra para rogar la llegada de la noche.



Nos contaron que, en algún lugar, existe un llamador encantado que impide al toro rabioso, bestia salvaje que vigila la entrada, de cobrar vida y perseguirte hasta tus sueños más profundos. De hecho, creo recordar que esa misma noche, mi dulce bailarina tuvo unas pesadillas más que volcánicas.



2 comentarios: