Después de nuestra tremenda excursión por las tierras de Font D'en Torres, decidimos aminorar el ritmo y descansar un poco. Pero el día siguiente iba a ser una vuelta a casa con varias paradas dignas de interés.
Primero, comimos en Morella, verdadero faro de toda la comarca. Paseamos lo justito por sus calles ya que el cansancio de nuestra caminata nos había dejado sin fuerzas. Detalle inusual, mi bella consiguió dormirse en un banco público mientras su fiel chuxo, animal de pelo raso, montaba guardia.
Antes de llegar a la catedral, nos topamos con el cuarteto divertido, solemnes y silenciosos, que reposaban a la sombra de un patio interior.
El Santuario de Balma era más bien el de las lagrimas. Brotaba agua por todas partes. Hubiéramos venido con un delfín que nadie hubiera reparado en nuestra presencia.
Mi niña, guía de mi vida, siempre caminando delante, abrió el camino hasta la cripta de la Virgen de los suspiros.
Una vez llegados a destino, el tío limosnero no paró hasta que le dimos algo de calderilla. En cuanto a mi dulce niña soñadora, se envolvió de silencio al contemplar una bella puesta del sol, milagro de cada día, partiendo el mundo en dos.
Al día siguiente era el de nuestra vuelta a casa con paradas altamente culturales. Justo antes de llegar a Mirambel, reparamos en un paraje encantador que nos maravilló a los dos. Decidimos pararnos e inmortalizar el momento con más de un beso.
Llegados a Mirambel, el pequeño pueblo nos sorprendió a primera vista. Su chiquitina puerta de entrada esconde verdaderos tesoros.
Una vez en el interior de la plaza, varias callejuelas se abren camino hacia abajo, dejándonos en la incertidumbre del buen camino para elegir.
Mi dulcinea se quedó a la puerta de su palacete para darme un beso de bienvenida. Ella es la reina de mis paseos, sin ella nada de todo eso sería posible.
Visitamos el antiguo lavadero, paseamos por el hostal de los caballeros cruzando la plaza del ayuntamiento hasta regresar a nuestro punto de partida, sin antes despedirnos de un campesino más duro que la piedra.
En Cantavieja, no vimos a la susodicha. Además del silencio, fue cojonudo encontrar alguna taberna para sustentar nuestra insaciable apetito. Eran casi las tres y el hambre apremiaba más que nuestras ganas de bailar.
Bueno, un gato educado nos indico alguna tasca donde olvidar nuestras penas. En cuanto al paisaje… abrumador.
Llegados a Iglesuela del Cid, no vimos nada más que piedras. Piedras cálidas, de distintos tamaños y condiciones. Pero sobre todo piedras y más piedras.
La parte posterior del pueblo es la más interesantes. Entre las piedras hay huertos. Huertos con piedras rectas e inclinadas, saludando otras piedras erigidas en paredes. No obstante, nos fuimos contentos de nuestros paseos por tantos pueblos tan distintos entre sí. Y con mi bella a mi lado, el mundo siempre es más bonito.




































































No hay comentarios:
Publicar un comentario