Como habíamos previsto quedarnos unos cuantos días en Saint-Jean-de-luz antes de volver a casa, nos aprovechamos de la hospitalidad de "Phil", bestia parda como ya no las hay, que nos dejó disfrutar del pequeñito estudio que tiene cerca del paseo marítimo.
Nos alojamos en el mismísimo "Hotel du Golf", apenas a cinco metros de la playa, un sitio flipante y lleno de magia y encanto. Después de comer en el "Vauban" donde nos hicimos amigos con el camarero, fuimos a dar un paseo por "Sainte Barbe", admirando los impresionantes acantilados del litoral. Acabamos la jornada delante de "casa", descansando en la mismísima playa que se veía desde nuestra ventana.
Llegado el fin del día, fuimos a cenar con Eva y Petit-Pierre para después pasear por la ciudad, saludando sombras fantasmales y disfrutando del suave oleaje del océano bajo la tenue luz de las estrellas.
Al día siguiente, nos fuimos caminando hasta "Socoa", donde el gran chuxo, animal de pelaje raso, desafió las olas. El buen animal volvió sano y salvo aunque con la colita entre las patas.
Durante el camino de vuelta, mi bella me ofreció besos de flores, eternos como su sonrisa. Por la tarde, playita y de nuevo un rodeo solitario por "Sainte Barbe", paseando con amor hasta la puesta del sol donde mi dulcinea iluminó de nuevo mi corazón de puro amor.
Como el tiempo seguía más generoso que nunca, nos levantamos pronto para encaminarnos hacia la "Corniche", una escapada a pie de unos veinte kilómetros, ida y vuelta. Nos aprovechamos de la temprana hora para bajar a una de las playas de mi infancia, donde los recuerdos estaban a flor de piel.
Saludamos a unos cangrejos, mi sirenita se puso su vestido de sol y descansamos escuchando el canto de las olas. De camino de vuelta, fuimos en busca del viejo faro para así poder contemplar el puerto desde cierta altura.
Comimos con Phil -a hora española- en un pequeño restaurante situado en las "Ventas", a medio camino de la "Rhune", donde nuestro invitado nos regaló unas cuantas de sus increíbles y divertidas historias.
A la mañana siguiente, día de nuestra partida hacia Valencia, el tiempo había cambiado por completo. Pesadas nubes grises discurrían bajo un cielo revoltoso. Nos fuimos hasta "Erromardie" por un sendero que se perdía a lo largo del litoral, un placer para los ojos y el olfato.
Fue sin duda la mejor manera de despedirnos de la costa vasca… Aún ahora, cuando por la frías noche cierro los ojos y estoy a punto de olvidarme de todo, oigo el sutil sonido de la llovizna desvanecerse sobre la arena.












































































Te quieeeeeerooo te quieeeeeerooo y te requetequiero, viajar contigo el mejor regalo del mundo :-)
ResponderEliminarComparto todos mis sueños contigo, bella niña de las flores, y te quiero más que a todo.
ResponderEliminar