jueves, 2 de octubre de 2014

La Foz de Lumbier, el castillo de Javier y el monasterio de Leyre, Julio 2014.

Una escapada muy histórica.

Llovía. Llovía tanto que no sabíamos que hacer ni a donde ir. Estudiamos el mapa y decidimos bajar por el suroeste de Navarra, allí, justo debajo de Pamplona donde, entre paseo y tapeo, nos contaron pamplinas. Pero al llegar cerca de Lumbier, nuestro destino final, el temporal cambió por completo. Es más, pasamos sin darnos cuenta de un clima atlántico a uno mediterráneo, franqueando una frontera invisible que separa dos mundos bien distintos. 

Allí, el sol arrasaba sin piedad ninguna. Mi niña se quitó el chaleco anti chaparrón y me puse mi super gorra de caminante, la de estilo colonial. Para llegar a la Foz, hay dos caminos, el largo y el de paseo. Mi princesa eligió el mejor y, con los bocadillos en la mochila, empezamos la excursión por un tortuoso sendero perdido entre matorrales y arbustos muy espinosos.




En el cielo, aves rapaces vigilaban nuestro progreso de un ojo avisor. No tiré pedos miedosos por los pelos que, además, tenía bien secos.



La Foz discurre siguiendo al río Irati. La paredes calizas teñidas de tonos rojizos y ocres se perdían hacía el cielo, dejando entrever el infinito del paraíso terrestre.




Mi bella, princesa de las mariposas, que siempre anda delante, tuvo que ir en busca de su fiero caballero que se había perdido cerca de la orilla, jugando al explorador aventurero.



Pero el buen hombre no andaba muy lejos y esperaba al amor de su vida cerca del túnel que separa la Foz del mundo exterior.


Como teníamos tiempo, decidimos visitar el castillo de Javier, un primo lejano por parte de mi tataratatabuela materna. Javier no estaba pero nos dejaron visitar su ciudadela encantados por conocer a tan ilustre visitante.





Mi dulcinea, que siempre lo quiere ver todo, se perdió y quedó atrapada tras una enorme reja de acero. ¡Pobre niña! Aún oigo sus gritos de rabia y desesperación haciendo eco a su enojo.




¿Pero dónde se había metido su fiero caballero de reluciente armadura? Bueno, visto el calor que hacía, se había cambiado de indumentaria, eligiendo los colores del emblema de su familia, ojeando con nostalgia sus antiguas tierras desde lo alto de la torre del castillo.



Al oír que su descendiente estaba de visita, el buen Javier se quedo de piedra.



Al salir del castillo, mi dulce amada me regaló de nuevo uno de sus preciosos besos. Es con el corazón colorido que seguí con la visita, dando vueltas alrededor de la abadía contigua rodeada de cipreses con aroma a rezos.





Antes de volver a Valcarlos, decidimos dar una vuelta por el monasterio de Leyre. Llegamos justo antes del cierre de sus puertas. Un simpático monje beato nos prestó la enorme llave de la iglesia para que pudiésemos disfrutar de su bóveda silenciosa.







Bajamos a la famosa cripta, joya subterránea de la abadía, escondida del mundo, lejos del bullicio de la vida, tan cerca del misterioso camino hacia el paraíso. Allí abajo, la oscuridad se vuelve oro… y el silencio casi eterno.








De vuelta a Valcarlos sus señorías, cansadas de tanto viaje y meneo, decidieron tomarse un pequeño tentempié, nada en especial, unas cuantas especialidades del terreno acompañadas por unas merecidas cañas bien frescas, lo ideal para darle un poco de alegría a la mesa y luz a las sonrisas. 



Llegada la noche, las nubes volvieron a cubrirlo todo, dejando los montes bajo una fina neblina húmeda, señal de una noche fresca y de una digestión algo pesada.


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