viernes, 17 de octubre de 2014

El embalse de Irabia, Julio 2014.

Nuestra segunda expedición en la Selva de Irati.

El día había empezado fresco, realmente muuuuy fresco. Desde la carretera que serpenteaba entre la densa vegetación, veíamos como un espeso manto de niebla empezaba a cubrirlo todo, dejándonos a tientas en un mar de misterios impenetrables. Menos mal que mi bella, princesa de las conductoras, se sabía el camino con los ojos cerrados. 




Llegados al Puerto de Ibañeta la niebla se hizo mucho más espesa, dejando el paisaje esbozado de encanto. El maestro de las águilas, más impenetrable que la neblina que lo rodeaba, decidió que era el momento idóneo para una primera clase de vuelo. Aunque nos quedemos con los pies en tierra, conseguimos planear con cierto estilo.






Pasando Orbaizeta, al adentrarse en las profundidades del bosque, se llega a la antigua fábrica de armas, donde un entramado de casas totalmente en ruinas da un punto final a la carretera. La visita es recomendable por el largo y profundo canal que discurre entre una catedral de arcos florales. 








En pleno corazón de la Selva de Irati está enclavado el bellísimo embalse de Irabia, que recoge las aguas del río Irati. Para llegar hasta allí, se tiene que coger un sendero forestal de lo más campestre. 




No le falta nada de encanto. Allí, los caballos te dan la bienvenida y las vacas te observan con una mirada bovina exenta de interés. Allí… el tiempo lo es todo. No existen las prisas, salvo las de quitarse las moscas del pellejo.









Al llegar al embalse, el silencio es abrumador. Las aguas frías del monte le dan todo el esplendor al bosque, que parece elevarse hacía las cimas del cielo. La impresión de majestuosidad es increíble.



Mi dulce princesa, vestida de azul mariposa, se adentró sin miedo en el precioso sendero que rodea el embalse, dejándome atontado en la retaguardia, los ojos empapándose de tanta belleza.







El camino discurre en un mar de colores que pasa del verde intenso al esmeralda divino.







De vez en cuando, se vislumbraba el embalse que parecía una isla en un mar de follaje.







Mi dulce mariposa, maravillada por tantos tesoros silvestres, daba vueltas de un lado para otro sin parar. De vez en cuando saltaba de alegría al descubrir tímidas setas de colores escondidas en los recovecos del camino.




Cruzamos una pasarela soleada para perdernos de nuevo en el verde paraíso del bosque. ¡Qué maravilla!












Después de un buen bocadillo vegetal, acabamos por dar la vuelta entera al embalse, felices, muy felices por nuestra aventura en esta catedral de belleza.



Al volver por el camino forestal, tuvimos que esperar a que las señoras de las praderas se dignasen a dejarnos pasar. Nos miraron alejarnos con la promesa de nuestra próxima visita.






Paramos en Roncesvalles para refrescarnos con unas cañas de lujo. Mi niña se rió mucho al escuchar unos peregrinos hablar del famoso milagro del Convento, una curiosa leyenda cuya origen se perdió en los confines del pasado.



Se cuenta que, al bajar a lo más profundo de la cripta de la gran lagartija, los deseos de amor se hacen realidad.





Mi niña lo probó y no pasó nada. Pero al salir de la dichosa cripta, el amor de su vida se había milagrosamente duplicado por dos. Sí, dos príncipes igualitos de guapos y muuuuuy enamorados… Había que verlo para creerlo. Mi princesa se quedó totalmente encantada y todos volvieron a casa felices como perdices.


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