lunes, 16 de diciembre de 2013

Toledo, diciembre 2013

Toledo, un frío paseo invernal.

Toledo es una de las más bellas ciudades medievales de toda la península Ibérica. Sus estrechas calles, frías y silenciosas en invierno, esconden sorpresas en cada de sus esquina. Son tantos los edificios antiguos que, al caminar por el casco antiguo, es como volver hacía atrás en el tiempo… sólo faltan las carrozas y el sonido de los cascos de los caballos sobre el adoquín  para creer estar de vuelta a la edad media.

La ciudad se divide en una multitud de callejuelas que suben y bajan continuamente. Es muy fácil perderse o bien dar vueltas y vueltas para volver a tu punto de partida. 




A nuestra llegada el sol, aunque presente, apenas conseguía iluminar unas cuantas esquinas de cada calle, dejando a las frías sombras el reinado absoluto del lugar. 





Las murallas son altas y macizas. En cuanto a las puertas diseminadas alrededor de toda la ciudad, son cada una bellísimas además de muy bien conservadas.





En los parques, hombres de piedra o bien de bronce vigilan el lento transcurso del tiempo, rezando a los dioses de la eternidad para disfrutar del silencio un día más.




Por todas partes, escudos y señales misteriosas. Las puertas, robustas armaduras de madera, no dejan entrar al forastero de paso. Pero mi dulcinea, más testaruda que nunca, lo intentó sin nunca conseguir franquear el umbral cerrado de las grandes casas medievales.




Toledo es también la ciudad de los cipreses. Los hay por todas partes, elevándose encima de los techos para dominar las construcciones de piedra.





Al día siguiente, nos levantamos pronto para disfrutar del sol el más tiempo posible. Primera parada: la catedral, suntuosa nevera cincelada en la piedra. Es una pena que no se pueda hacer fotos en el interior, los tesoros que enriquecen su corazón son realmente impresionantes.



Más abajo está la Sinagoga de Santa María la Blanca, un legado del arte judío con una pizca de sabiduría árabe.





Una vez fuera, mi bella se fue directamente al sol, hablando en silencio con las hojas que bajaban de los grandes árboles.



El monasterio de San Juan de los Reyes tiene escondido un patio interior digno del mismísimo paraíso. Al mirar demasiado hacia arriba, lo alto se vuelve abajo y viceversa. 









Vuelta hacia atrás, con mi niña cantarina, hablando de nuevo con las hojas de los árboles. Con su gorro con bola de nieve, mi bella me llevó en  búsqueda de la "Grosse cloche". Intentamos encontrarla en la iglesia del Salvador... pero no estaba.






Hubo más suerte en la iglesia de los Jesuitas donde, además de la luz, tuvimos que subir en el más allá de sus dos torres para poder admirar la ciudad entera de una sola mirada.






Mi bella voladora se ría mucho del pobre chuxo que la acompañaba, animal de tierra firme.



Por fin, encima de los techos, muy cerca del cielo, estaba la famosa "Grosse cloche", con mi dulcinea bailando de alegría.



De vuelta abajo, las sombras empezaban a dejar sus huellas tras nuestros pasos. Es el trasero congelado que nos refugiamos en una taberna de verdaderos aventureros.




Más tarde, seguimos caminando hasta las murallas y la puerta de Bisagra donde nos despedimos definitivamente de nuestra amigo el sol.






Llegada la noche, las calles se iluminan de nuevos colores. Con mi niña delante, dimos más vueltas que los huevos en una tortilla.





Aún así, me quede de piedra delante de unas curiosas señales que nos llevaron hasta el Alcazar, donde había de todo salvo cazalla.






Tuvimos suerte y nos pusieron el "Scalextric" en marcha. Cansados pero felices como perdices, volvimos hasta la  taberna de los aventureros donde descansamos tomando unas cervezas y chupitos más que merecidos. De hecho, no hay sitio más maravilloso en el mundo que estar al lado de mi dulcinea de los mil fuegos, sea donde sea.



2 comentarios:

  1. Que bonito fin de semana mi amor, te quieeeroo!!!

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  2. Aunque haya frescor, al lado de mi niña volcánica nunca tengo frío. Te quiero, bella de las mil flores!!!

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