lunes, 5 de noviembre de 2012

Le Midi Pyrénée, septiembre 2011

Días de largos paseos y de vistas inolvidables.

Sólo estuvimos  de paso en Bretenoux, buscando la casa donde mi bella vivió gran parte de su infancia. El pueblo estaba desmontando su fiesta anual y es por esta simple razón que no pudimos hacer muchas fotos del casco antiguo, sobre todo de su magnífica plaza mercante, verdadero núcleo de esta antigua aldea medieval. Nos queda el recuerdo melancólico del río bordeando el pueblo con su silenciosa presencia.







Desde muy lejos, el castillo de Castelnau saludaba la vuelta del sol tan esperada. Imponente, sus altas murallas parecían infranqueables. A sus alrededores, una antigua aldea rodeaba una magnífica iglesia solitaria. Pocos peregrinos por estas alturas matutinas... 











La entrada del mausoleo estaba guardada por un curioso arzobispo que vigilaba el baño de sus fieles. Todos de madera, parecían esperar su turno en los baños de agua bendita. En las alturas: dos cabezas, cada una expresando lo contrario de la otra.







 

Una vez fuera, la fabulosa vista panorámica de la montañosa comarca nos dejó con la mente contemplativa.



En Beaulieu, nada de bromas. Nos esperaba Marbot, un general que se quedo de piedra al ver a mi bella dulcinea. Malditos militares, ni una pizca de amor. Al la entrada del pueblo, un gnomo armado nos miró alejarnos hacia el interior de la pequeña ciudad constituida por un verdadero laberinto de calles estrechas y húmedas.









Después del baño bendito de Castelnau, la sopa popular de las mozas en pelotas. Esta región parece tener una devoción muy especial  con todo lo relativo a la limpieza corporal. No me quejo, sólo tomo nota de la incidencia.




En la iglesia, lo de siempre: varios monstruos devorándose entre si. En cuanto a los santos, todos metidos en un tabernáculo de oro sagrado.






Fue bastante complicado llegar hasta la orilla del río. Nos perdimos unas cuantas veces antes de conseguir llegar a buen puerto. De hecho, puerto no había ninguno, sólo un pato que vino a darme la bienvenida. Dios sabe el cariño especial que tengo hacia estas aves de agua dulce, amigas de mi corazón y compañeras de viaje de mi bella amada.








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