Dardenac, el lago petrificado, una ruta por senderos silenciosos.
Aquí estamos de nuevo, en el pequeño pueblo de siempre, cosechando moras y frutas del bosque, paseando por los íntimos senderos que rodean nuestros recuerdos de sabores inolvidables. No hay nada nuevo por estos parajes, pero tampoco tiene que haberlo. La belleza suele hacerse más bella por su propia simplicidad.
Aquí estamos de nuevo, en el pequeño pueblo de siempre, cosechando moras y frutas del bosque, paseando por los íntimos senderos que rodean nuestros recuerdos de sabores inolvidables. No hay nada nuevo por estos parajes, pero tampoco tiene que haberlo. La belleza suele hacerse más bella por su propia simplicidad.
El tiempo se detiene y las nubes se pasean sin dejar rastro, pintando su lácteo recorrido en el mar del cielo. Las horas transcurren por olas milagrosas, dejando al amor el derecho de unir a los amantes.
Es el fin del día y poco a poco, todas los colores se transmutan en un sólo horizonte de perfume, dejando a la noche suspirar sus primeros deseos.
De buena mañana, mi pequeño volcán quiere aventura. Hoy, nos vamos de excursión hasta el lago petrificado. Allí nos espera el reflejo de dos mundos opuestos, mismísima imagen superpuesta del mismo silencio. Es duro llegar hasta allí, muy duro... pero lo más difícil es la vuelta, que puede llegar a ser casi interminable.



















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