viernes, 17 de febrero de 2012

Alcazaba, Mérida y Badajoz, agosto 2011

Alcazaba, Mérida y Badajoz, un recorrido árido en tierras extremeñas, donde los tesoros florecen a flor de piel.

Para decirles la verdad, Extremadura se podría definir como un conjunto de contraste que rozan lo incomprensible. En verano, el sol es estremecedor, resecando tu alma en busca de un poco de sombra. Hace calor, te falta el frescor y ves como los campos de arroz florecen como milagros. 



Y eso no es todo. Aunque no lo parezca, allí la tierra es generosa con los que saben apreciarla. No se come sino que se devora. Entre los gazpachos y los jamones capaces de hacerte perder la cordura, no tienes otro remedio que comer todo lo que se te pone en el plato.

En cuanto a la gente, son raros de los muy raros. Bailan danzas extrañas y salmodian cantos mágicos antes de comer. Quizás por eso la naturaleza es tan fecunda con ellos.




Para acabar con esta breve descripción, vayas donde vayas, las cigüeñas te observan desde sus nidos encaramados. No puedes escapar a sus miradas agudas. Ellos siempre están aquí, haciendo parte del paisaje.



Mérida cuenta sus años gracias a sus piedras milenarias. Ellas te recuerdan la historia de la Historia. Ciudad romana, en sus teatros bailan las ninfas y mueren los gladiadores, sobre todo los calvos y agotados.





El día que nuestros pies atormentados nos llevaron hasta Badajoz, el termómetro rozaba los 50 grados. Una locura que sólo la Plaza Alta fue capaz de hacernos olvidar por un breve momento.




En la Alcazaba árabe, los moros nos han dejado el polvo que te deja como piedra. Las calles son tan estrechas que hasta mi niña intentó empujar la puerta de entrada para poder seguir en coche hasta las alturas de la ciudadela. Allí arriba un gran parque te regala un poco de su generosa sombra. Sentado bajo un árbol, dejas tu mente viajar en los meandros del pasado.






Las calles de la ciudad baja son iguales de encaramadas, proporcionando al visitante sabores de puro contraste, donde lo exquisito convive con lo decrépito. Hasta nos dieron medallas antes de volver a casa, exhaustos pero extremaduramente contentos de volver al tranquilo y pequeño pueblo.






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