miércoles, 15 de diciembre de 2010

Alfondeguilla, mayo 2010

Alfondeguilla, una aventura en el reino de los senderos perdidos.

El día prometía ser caluroso, repleto de sombras por descubrir a lo largo de un tortuoso camino apenas señalado. Con mi princesa a mi lado, intentemos encontrar el castillo de los sueños del monte del águila. Meta ardua no exenta de peligros.

Contrariamente a lo que habíamos pensado en un primer momento, cruzar las puertas del palacio no fue lo más complicado. A veces, sobran los dragones o los monstruos malvados para vedar el paso de los reinos prohibidos, sólo hace falta confundir al viajero intrépido para conseguir que no vuelva a encontrar su camino de retorno.

Nada más simple, pero nada más peligroso.


Que guapa es mi niña, reina de mi corazón y dama del camino del castillo alto.

Entre flores y matorrales, siempre es ella que abre el camino hacia los cielos.

A la sombra de los bosques obscuros, se nos ofrece un baile silencioso.

Los árboles nos cuentan historias que dibujan nuestras sonrisas.

Al lado de un hermano de la selva, cualquiera se siente pequeño al lado de tanta sabiduría.

¡Ya basta de descanso, hay que seguir andando!, me dice mi dulcinea.

Cruzamos densos bosques y bajamos colinas de flores.

Abrazamos corteza recién nacida y bebemos lagrimas de río.

Seguimos caminos de cruces y cruces sin caminos.

Aunque vaya en son de paz, siempre hay uno para tocarme el coco.

Pero mi niña se ríe y sigue subiendo hacia las alturas perdidas.

Arriba está su castillo, su morada de verano, donde suele hablar con el silencio.

¡Qué alto! Este maldito camino nos va a quitar el aliento.

Al franquear las puertas de los cielos...

...El espectáculo ofrecido no tiene límite.

Abajo están los hombres, perdidos en algún lugar del mundo.

Si, es ella la reina de mi corazón salvaje.

Me da fuerza y algo de vértigo.

Por eso no me arriesgo más de lo debido al borde del precipicio.

Menos mal que el camino de vuelta parece más sencillo.

Sobre todo cuando mi dulce musa me ofrece sus más bellas sonrisas.

Un vigilante solitario nos advierte que no hay senderos hasta el paraíso.

Hacemos caso omniso de sus consejos y seguimos hacia adelante.

Pero por aquí no se puede pasar.

El camino parece haberse esfumado, dejándonos los pies al aire.

Ahora los bosque se han reducido a recuerdos.

Palabras que se pierden en la nada y a los cuatro vientos.

Estamos totalmente perdidos, me dice la vocecita de mi inconsciente.

Buscamos una nueva vía de escape y nos encontramos con una mina de antiguos recuerdos.

Nada para aliviar nuestra sed, ni siquiera algo de brisa para enseñarnos el camino de vuelta.

Por aquí tampoco se puede pasar.

¡Milagro! Si, esta fuente de agua fresca es sin duda nuestra salvadora.

Por fin recapacitamos, listos para emprender nuestro vuelo de retorno.

Aquí nos espera mi platillo volante, preparado para llevarnos ileso hacia el dulce hogar soñado, el verdadero y único paraíso.

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Esta niña se ríe. Camina y se ríe. ¡Ay, mi niña! Como te quiero.


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