martes, 14 de abril de 2009

Bugarra, marzo 2009

Bugarra, del 17 hasta el 22 de marzo.

Una antigua promesa hecha hacía tiempo me dio la oportunidad de quedarme media semana en el pequeño pueblo ya bien conocido por todos los que suelen perderse entre estas páginas. Recién nombrado fiel guardián del perro Malako, animal de pelaje hirsuto y mirada maliciosa, hicimos buenas migas y caminamos juntos por senderos a veces totalmente olvidados de los hombres… acompañados por un silencioso sol abrasador que nos hizo disfrutar de largos descansos más que merecidos.

Muchas veces nos perdimos, muchas otras veces volvimos sobre nuestros pasos, pero siempre se disfrutó de la belleza de las soledades de la Serranía Baja .


Bajo el sol, el tiempo pasa lentamente cuando andas perdido. ¡Por fin un camino que parece llevar hacia alguna parte!

El paisaje es magnífico… el silencio también.

Es agradable caminar entre las sombras de un sendero olvidado. El olor de los pinos aflora el olfato de mi alma sensible y por poco este aroma me deja totalmente desorientado.

Ruinas siembran nuestro peregrinaje de vestigios antiguos, verdaderos palacios para los lagartos.

Hay que descansar un rato, me dice Malako. El animal es muy perro y no hay quien consiga llevarle la contraria.

A veces, bellos guardianes nos ofrecen su sombría amistad.

Más abajo, el silencio es absoluto.

Entre sol y sombras, descubrimos que las flores también tienen un corazón.

Unos esqueletos de antiguos náufragos descansan al borde del camino, recordándonos que también las aventuras llevan hacia un final…

Seguimos más perdidos que nunca, pero Malako parece contento.

Huellas en el barro delatan visitantes de la oscuridad.

Hubo un tiempo en el que los hombres se reían entre estos recuerdos de paredes.

De nuevo un camino que no lleva a ninguna parte…

Más abajo, un pequeño riachuelo nos ofrece hospitalidad, frescura y sombras para descansar.

Mmmm… Que dulce canta la brisa.

Por poco me quedaría embrujado.

Pero hay que seguir, el camino es largo y sinuoso.

Las horas pasan sin ruido ninguno.

Hace cada vez más calor pero seguimos subiendo. Sentado en el altar de las cimas, suelen olvidarse penas y dolores.

Entre matorrales, la belleza aguarda.

Desde las alturas, unas piedras milenarias nos observan en el más pulcro de los silencios.

Al Malako le importa un bledo. El muy animal tiene su ramita de pino y con ello está feliz y contento.

El camino se juega de nuevo de nuestros sentidos.

Poco a poco la luz se hace menos cegadora…

A la sombra de un monolito de granito, me siento al lado de un abuelo…

Juntos miramos la vida fluir como si se tratara de un riachuelo salvaje.

Las sombras se alargan, estaría bien encontrar un hogar para descansar.

El sol ya no calienta estos viejos vigilantes solitarios.

Hasta el calor parece desertar de las piedras.

Por aquí parece haber más corriente… ¿Será una buena señal?

El agua de transmuta en oro, pero no es hoy que me haré más rico…

…Aunque sé que los recuerdos de estos días son el verdadero tesoro.

Me doy la vuelta y veo todo el camino recorrido.

Por fin señales de civilización.

No leo los hieroglíficos, pero me imagino un mensaje de bienvenida.

No hay princesas en el balcón de la sabiduría…

Rejas… No hay duda, los hombres no andan lejos…

Hombres de buena fe, si es que exista alguna que realmente valga la pena.

Ya lo sé… las piedras no hablan.

¡Vaya! Una entrada digna de un rey…

El servicio deja un poco que desear. Los fantasmas del pasado han debido quedarse dormidos.

Busco una humilde silla para descansar…

Y es un altar lo que encuentro.

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3 comentarios:

  1. Que bien! como yo no he podido ir a ninguna parte últimamente, he aprovechado para viajar por tus imágenes.

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  2. Esto es muy familiar y delirante con frescor y .....

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  3. Es cierto, hay sol en estas imágenes... y a veces algo de misterios.

    Me entran ganas de escaparme de nuevo cada vez que entro de visita en el tufu...

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