jueves, 27 de marzo de 2008

Bugarra, febrero 2008

Bugarra, del viernes 29 de febrero hasta el domingo 2 de marzo.

Era tiempo para mi volver a bucear entre las olas del viento, evadirme de nuevo con el fin de renacer de nuevo. Sabía de un pueblo fantasma que tenía una puerta de entrada hacia otra parte, y una ida y vuelta hacia la nada me venía fenomenal.

Monsieur le Txema, bastante preocupado por la locura de mi proyecto, no intentó en ningún momento disuadirme de mi periplo, pero me aconsejo llevarme como compañero de viaje al Perro Malako, fiel animal de pelaje de fuego, y de no perderme entre las aguas turbias del olvido, que más de un marino sin barco perdió su vela durmiente para siempre.


La noche anterior a mi partida, estoy con la duda de la buena cordura de mi peregrinaje. En el hogar, las llamas ávidas devoran el tiempo que pasa.

Pensativo, miro mis remordimientos esfumarse para siempre.

Al día siguiente, después de un ligero paseo matutino, encuentro el barco encantado que me llevará hacia la otra orilla. No se paga entrada, es gratis para los poetas de alma blanca.

Como mi compañero de cuatro patas no puede subir a bordo, el fiel animal decide cruzar el río sin ladrar ni pestañear.

Extrañas formas se desdibujan con la corriente. El agua se torna violeta, color de tormenta.

Una vez en el pueblo fantasma, ni un gato a la vista, sólo ruinas de piedras solitarias.

Escondida detrás de las rendijas de las casas, la nada me observa silenciosa.

Al cruzar el umbral de esta puerta, mejor tener el corazón fiero.

Entre la melaza infernal, el perro Malako busca el camino correcto.


El muy animal se enfada fácilmente si no sigo sus sabios consejos. Vaya perrazo de montaña, siempre trepando como una cabra.

Encontramos el guía de las almas de las ramas, omnisciente y secular. Sus resecos consejos me dejan perplejo.

Al perro Malako le importa un bledo las palabras anchas, el sólo quiere jugar y disfrutar de la vida.

Oro transparente renace entre la melaza y una música celestial sale de entre las raíces.

Soles frescos resplandecen entre el follaje, dejándome atontado e iluminado.

Encantado por la magia de los 4 elementos, no me doy cuenta del peligro que se avecina. Sigiloso, un río de piedra se petrifica bajo mis pies.

De repente soles y flores han desaparecidos. Estoy solo en un paisaje muerto de cualquier pensamiento. Así deben de ser la colinas de la muerte, dulces y silenciosas.

En su casa, Monsieur le Txema se preocupa por mi tardanza.

Él sabe del peligro de las cárceles de cañas, de las que nublan la vista y el entendimiento.

Me topo con una serpiente de piedra, y le pido de devolverme la vida.

Dentro de mi corazón, el mundo se vuelve fuego.

Transformado en lagarto de cola cavernícola, estoy de nuevo en el mundo de los vivos, ligando con mariposas de pétalos delicados.

Monsieur le Txema, acompañado de su dulcinea y de la hada de la barrita mágica, se apiadan de mi y me devuelven a mi forma humana. Aunque sin haber recuperado mi tamaño original, me los paso bomba volando como un enano de pelo raso. Además, me han puesto un gorro azul… ¡como mola!

Mañana creceré… y si no, pues será para pasado mañana.

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