Albarracín, del miércoles 26 hasta el domingo 30 de septiembre.
Es con mi amigo Txema que me fui hasta las altas murallas del olvido, llevando en las maletas todas mis penas, pinceles y lápices.
Silencio.
En la ciudad, el viento toma posesión de las almas perdidas, de las que no quieren saber nada más de la realidad y de su cortejo de lamentaciones, fantasmas hastiados de las princesas de lo imposible… huyendo de los malos augurios escondidos en la sombra del campanario de los suspiros.
A lo lejos… el silencio.
El pueblo del frío recuerdo, ni almas en sus calles sinuosas.
Mentira, aquí un habitante de las sombras. Con desdén, ni nos ofrece una mirada.
Allí arriba existe el cielo, pincelada azulada del infinito.
Monsieur le Txema, guerrero de pinceles agudos.
En la puerta del laberinto, hay que darle tres toques para pasar al otro lado.
Rápidamente perdidos en las profundidades, el silencio no ofrece ninguna salvación.
Un ruido, el frío recuerdo del olvido nos hace sospechar de las sombras.
Nada.
Aquí tampoco.
Uno buscando la luz, escapatoria hacia la nada.
Fuera del laberinto, la vida parece distinta. Detrás de mi… me esperan mis recuerdos.
Una última mirada hacia el norte y sus peregrinos invisibles.
Unos deciden que ya está bien para hoy, que hay que darle la espalda al recuerdo, el olvido… y todo lo demás.
Aquí está, el marciano de segunda mano.
¡Cojones! ¡Vaya lastre el gabacho aquél!
Justo antes de emprender el camino de vuelta, dos segundos y clic… desaparecemos.
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